Loquillo, la madurez de un rockero inalterable

Cuando era adolescente, había un puñado de noches al año intensamente emocionantes; noches con las que soñabas con meses de antelación y que luego paladeabas con tanta fruición que, al final, se te quedaban marcadas a fuego en la memoria. Una de esas veladas era la del San Pepe Rock, un festival que se celebraba en el campo municipal de fútbol de mi pueblo, Sant Josep, al sur de la isla de Ibiza.

sanpepe2008El concierto arrancaba al atardecer con grupos locales y, a medianoche, tomaba la batuta alguna banda nacional de rock & roll. En Sant Josep siempre hemos sido del rock. Nos gusta el lado maldito de la música y todas las bandas que han surgido siempre han ido por esos derroteros. Estaciones y lustros se suceden como ráfagas de viento, pero, en general, seguimos siendo unánimemente rockeros e indemnes al pop y a la música disco, pese a estar rodeados. Desde un punto de vista musical, Sant Josep es como la aldea gala de Astérix.

En aquellos primeros San Pepes disfruté de unos cuantos conciertos memorables. En cierto sentido, la gente de mi generación sentimos un poso de gratitud hacia a Miquel Botja y su troupe; gente que hizo posible que en un pueblo tan pequeño llegásemos a acumular tantas noches mágicas y que, aún hoy, siga ocurriendo.

Recuerdo una edición histórica en la que el cartel juntó a Duncan Dhu con Ilegales. Qué contraste contemplar en directo a ese grupo vasco de pop-rock aterciopelado y acústico, al que adoraban una legión de adolescentes al borde del desmayo, y, a continuación, al macarra calvo de Jorge Martínez, líder de Ilegales, haciendo slide con una botella de whisky sobre el mástil de su Stratocaster. Lo primero que dijo, nada más pisar el escenario, medio oculto por una niebla de hielo seco y con una voz atronadora, fue: “Señora, ponga a sus hijas a salvo porque llega algo tóxico… Ilegales”. El público le correspondió con un rugido brutal. No había tocado un acorde y ya tenía a la audiencia en el bolsillo.

los rebeldes

Los Rebeldes

El punto de partida, sin embargo, fue 1986, el año en que por primera tuvimos oportunidad de contemplar en directo a una banda de “tirada nacional”: Los Rebeldes. Resultó apoteósico. No estábamos acostumbrados a tanta calidad y a esa potencia de watios. Los más jóvenes nos empujábamos para estar lo más cerca posible del escenario y sentir el trémolo de nuestra piel ante la onda expansiva de los altavoces. Cuando Carlos Segarra cantó ‘Mescalina’ con esa furia, casi se hunde el suelo.

Yo tenía 13 primaveras y a duras penas había conseguido que me dejasen ir solo al concierto. La cancha estaba a rebosar y había hogueras donde la gente asaba sobrasada. Algunos chavales estaban tan emocionados que les dio por beber como cosacos antes del concierto. Llegado el momento de la apoteosis, ya dormían la mona junto a la tapia del campo de fútbol. Al lunes siguiente, aparecieron ojerosos por el colegio y tuvimos que rememorarles el fenomenal espectáculo que se habían perdido. Lo relatábamos con la misma épica con que podría describirse el desembarco de Normandía. Viví esa noche con tanta emoción que el año siguiente sólo puedo describirlo como la cuenta atrás hasta el siguiente San Pepe.

trogloditas1Un par de meses antes del concierto, se hizo público el nombre del grupo que encabezaría el cartel del 87: ‘Loquillo y los Trogloditas’. Ya eran una banda de rock & roll consolidada y conocida en todo el país, pero yo jamás los había escuchado. Así que tomé el dinero que guardaba en la hucha y lo invertí en el último LP de los Troglos. El tocadiscos de casa hacía años que no giraba, pero teníamos un radio casette Grundig mono que, aunque sonaba de pena, al menos funcionaba, así que sólo compraba cintas. Poco tiempo después me hicieron uno de los regalos que más he apreciado en mi vida, un walkman con auriculares de espuma anaranjada, de los que no me separé en años. Cuando pude ahorrar lo suficiente para comprar una Mobilette de segunda mano, me dedicaba a surcar los caminos a todo gas, con los walkman puestos con canciones de Loquillo y el volumen al máximo. Me sentía libre como un pájaro.

Ese primer LP de Loquillo y los Trogloditas que llegó a mis manos se llamaba ‘La Mafia del baile’ y, nada más escucharlo, me quedé atrapado por su ritmo y sus canciones. Por aquel entonces, Loquillo, un tipo de dos metros de altura, vestía chupa de cuero, un chulesco tupé -que aún mantiene, algo rebajado y encanecido-, y una camiseta de baloncesto de los Celtics de Boston, con el número 33, el de Larry Bird. Loquillo había sido jugador de baloncesto y tenía una planta acojonante; lo que se dice un tío más chulo que un ocho.

No sé de dónde saqué una foto suya con esa indumentaria; la tenía puesta en mi habitación, sin marco, apoyada en el cabecero de la cama, sujeta a la pared con una tira de celo. El disco me enganchó completamente y, desde entonces, he seguido reproduciéndolo en distintos momentos de mi vida. Aún hoy, a mis cuarenta, pongo de vez en cuando una de sus canciones menos conocidas, ‘Supersónica’, y se me sigue poniendo la piel de gallina. Aunque me gustan prácticamente todos los temas por sus letras a contracorriente, cañeras y antisociales. ‘Rock suave’, ‘Carne para Linda’, ‘El país te necesita’, ‘Himno de prostitutas’, ‘Chanel, cocaína y Don Perignon’, ‘Las sombras del autocine’… Canciones pegadizas, que te empujaban a moverte con frenesí, compuestas en su mayoría por Sabino Méndez, el alma máter de la banda junto al Loco.

A los pocos días, un amigo que tenía una de esas minicadenas “mágicas” que clonaban cintas, me pasó una copia de ‘El ritmo del garaje’, el primer disco de la banda. Así descubrí dos canciones que con los años se han hecho míticas, ‘El ritmo del garaje’ y ‘Quiero un camión’. Loquillo las interpretaba a dúo con Alaska, en una para mí inexplicable fusión de rock & roll y punk, que en Ibiza, dadas las bandas de malotes que por entonces patrullaban los bares del West End -el barrio noctámbulo de Sant Antoni-, representaba lo mismo que juntar agua y aceite. En el West, noche sí y otra también, los rockers se atizaban con los punks sin motivo aparente más allá de su indumentaria, mientras el resto de los mortales contemplábamos el espectáculo desde una distancia prudencial y bien atentos, para no llevarnos una hostia inesperada.

LoquilloPero ‘El ritmo del garaje’, sobre todo, me reveló la canción más romántica que hasta entonces había escuchado en lengua castellana: ‘Cadillac solitario’, que en mi discoteca sentimental se sumó a otros temas trascendentales de mi universo adolescente, como ‘Imagine’, de John Lennon, ‘Still living You’, de los Scorpions, o ‘Baby Jane’, de Rod Stewart.

Llegué al concierto preparado para vivirlo al máximo. Es decir, conociendo todas las canciones; habiendo memorizado cada letra. Loquillo y los Trogloditas cantaron, tocaron, vacilaron al público y sudaron hasta empapar la camiseta. El ambiente era eléctrico y el tiempo pareció paralizarse, como en los instantes previos a que estalle una tormenta. Creo recordar que nos ofrecieron más de dos horas de concierto y, un cuarto de siglo después, aún conservo en la memoria buena parte de los detalles.

Al poco, me marché a estudiar a Madrid, luego vino la universidad, el periodismo, las guardias de sucesos, mi chica, los niños, el regreso a Ibiza, la vuelta a la capital… Y así han pasado dos décadas, en las que aquellos primeros discos de Loquillo siempre han permanecido conmigo. Aún hoy, cuando viajo en avión o en el Metro, llevó sus canciones en el iPhone, las escucho y me acuerdo de esos años intensos y repletos de incertidumbres.

La segunda mitad de los 80 fueron la década más creativa de Loquillo y los Trogloditas. Tras ‘La mafia del Baile’ sacaron otros tres discos fabulosos, ‘Mis problemas con las mujeres’, ‘Morir en primavera’ y un doble recopilatorio grabado en directo que sonaba increíble: ‘A por ellos que son pocos y cobardes’. De ahí surgieron canciones míticas, que se sumaron a mi recopilatorio vital: ‘La mataré’, ‘Siempre libre’, ‘Ya no puedo bailar’, ‘El Molino’, ‘Algún día moriremos’, ‘La mala reputación’, ‘La Guerra Civil’, ‘Todo el mundo ama a Isabel’, ‘En Dino’s a las diez’ y, sobre todo, ‘El Rompeolas’, que junto con ‘Cadillac Solitario’ constituye probablemente el tema más celebrado de la banda a lo largo de toda su historia.

La llegada de los 90, sin embargo, conforma una barrera invisible en mi relación musical con los Trogloditas. Ciertamente, seguí escuchando su música pero el frenesí de la vida de entonces me impidió seguir sus nuevas canciones y mantenerme al tanto de su evolución musical. Tuvieron que pasar muchos años para que eso cambiara y el detonante no fue un concierto, ni un programa de radio, ni una tarde de domingo rebuscando cd’s entre las estanterías de la FNAC…

En 2011, Canal plus lanzó a bombo y platillo una nueva serie de ficción producida por la misma cadena, basada en una oscura novela de Rafael Chirbes llamada ‘Crematorio’, en la que narra las andanzas de un constructor desalmado, que opera en el Levante español, rodeado de mafiosos, políticos corruptos y mujeres de alma oscura.

Como adicto a las series, estaba al tanto de todas las novedades que iban surgiendo y, aunque las que se producían en España en general no me interesaban, la estética de Crematorio era muy americana y exudaba calidad en cada fotograma. Pepe Sancho, el actor protagonista, estaba enorme en el que sería su último gran papel en la industria audiovisual.

Me bastó con escuchar el minuto y medio que duraba la cabecera de la serie para saber que ya estaba enganchado a ella. Se sucedían imágenes de moles de hormigón alineadas frente a la costa levantina, mujeres contoneándose en clubes de streaptease, paellas en mesas de restaurantes de mantel fino, demoliciones de edificios, rayas de coca, paseos con palmeras, estatuas de la Virgen, cadáveres, esqueletos de caballos, gusanos enroscados en tierra húmeda… y lo que más me impresionó, la voz de un Loquillo más maduro, profundo y pausado, sobre una melodía pegadiza y con aire trasnochado.

A cada nuevo capítulo, más me intrigaba el tema de Loquillo; de dónde surgía, y al final me puse a investigar. Primero encontré la canción en forma de una versión fabulosa en la que el Loco cantaba a dúo con el veterano rockero francés Johnny Hallyday. Se titulaba ‘Cruzando el paraíso’ y pertenecía a un álbum de Loquillo llamado ‘Balmoral’.

Enseguida me hice con él. No era el mismo Loquillo de mi adolescencia. Sonaba más reposado, con una música fluida, menos acelerada, y unas letras afiladas y redondas. Un disco de rockero adulto que ha sobrevivido a los tiempos de desenfreno con unas cuantas cicatrices, pero que sigue reivindicando su pasado y el ansia por nadar a contracorriente. Ya lo dice la letra de ‘Cruzando el paraíso’, obra de Gabriel Sopeña: “Para ti la vida que te lleva, para mí la vida que me quema…”. A diferencia de los discos de antes, tan rítmicos y macarras, ‘Balmoral’ hay que escucharlo unas cuantas veces hasta dejarte atrapar por su maraña de nostalgias y sueños rotos.

De entre sus canciones, destacan también ‘Balmoral’, ‘Balmoral 2’, ‘Canción del valor’, ‘Hotel Palafox’ y sobre todo, ‘Hermanos de sangre’ y ‘Memoria de jóvenes airados’, dos verdaderos temazos que no me canso de escuchar. Loquillo, al último de ellos, lo transformó en un videoclip rebosante de nostalgia, donde él y un grupo de amigos echan una partida de baloncesto en una cancha cutre de barrio. Entre esos colegas de canasta, varios de los deportistas extraordinarios que lograron la medalla de plata de baloncesto en las Olimpiadas de Los Ángeles de 1984: Andrés Jiménez, Juan Antonio San Epifanio (Epi), Nacho Solozábal…

Me encantó el disco, pero no seguí buceando entre su discografía. Prácticamente dos décadas de nuevas canciones seguían en el limbo. Pero la historia, aunque se sucedan largos periodos de ausencia, tiende a adoptar forma de bucle. Hace un par de meses, después de que se decidiera celebrar una nueva edición del San Pepe Rock, en la cuerda floja a causa de los recortes presupuestarios provocados por la crisis, se anunció que la estrella del cartel, tras un paréntesis de 26 años, volvería a ser Loquillo, ahora sin sus Trogloditas, aunque con una banda igual de cañera, en la que figuran honorables veteranos como el productor, compositor y guitarrista Jaime Stinus.

De nuevo reviví la inquietud y la tensión de la espera. En este paréntesis de tantos años, he tenido la oportunidad de ver a auténticas leyendas en directo, desde Mark Knopfler a los Stones, pasando por Paco de Lucía compartiendo escenario con John McLaughlin y Al Di Meola. Pero, por extraño que parezca, nada me había generado tanta ilusión como la posibilidad de revivir aquel concierto de mi adolescencia.

Una sombra de duda, sin embargo, sobrevolaba mis expectativas. Al final del pasado verano, en el transcurso de las fiestas de Sant Bartomeu, en el pueblo vecino de Sant Antoni, se celebró un concierto de Carlos Segarra, el líder de Los Rebeldes, los mismos que habían actuado en el San Pepe del 86. Acudimos con notable interés, pese a que las canciones de Los Rebeldes, bajo mi punto de vista, no han aguantado igual el paso del tiempo. Resultó un fiasco. No era la noche de Carlos Segarra. Estaba afónico y pasado de rosca; una sombra de sí mismo.

Sábado 30 de abril. Noche del concierto. Campo de fútbol de San José. Sobre la medianoche. Los teloneros ya han actuado y la pista, antes medio vacía, se termina de llenar. La cola para comprar tickets de cervezas, copas y bocadillos es interminable. Los técnicos trabajan rápido para ajustar el equipo de Loquillo y su banda; entre ellos, mi hermano Pep, que coordina los trabajos y se ocupa de la mesa de monitores, sobre el escenario.

De pronto, la música enlatada se interrumpe; se hace el silencio. La gente empieza a silbar, animando a los músicos a lanzarse sobre el escenario. Comienza a sonar la primera canción y ahí aparece Loquillo, tan imponente como antaño. No lleva chupa de cuero a lo Marlon Brando, sino traje negro, camisa negra y corbata oscura…

Durante la primera media hora, el Loco pasa casi de largo sobre cinco o seis temas del nuevo disco, ‘La nave de los locos’. Es consciente de que la gente aún no ha tenido tiempo de conocerlos, ya que acaba de salir al mercado. Los canta de un tirón, sin detenerse entre canción y canción ni recolectar aplausos. Da la sensación de estar cumpliendo un trámite con su productora y consigo mismo; cuanto antes mejor.

Loquillo, en pleno San Pepe Rock de 2013 (Sant Josep, Ibiza), Foto: Xescu Prats

Loquillo, en pleno San Pepe Rock de 2013 (Sant Josep, Ibiza), Foto: Xescu Prats

De pronto, arrancan los contundentes acordes de ‘Memoria de jóvenes airados’ y el público comienza a emocionarse. “Nosotros, que somos los de entonces, los que no tenemos dónde, los que siempre hablamos solos. Nosotros, que no formamos parte, decidimos seguir al margen, viviendo en el alambre…”. La voz del público, en algunos pasajes, solapa a la del propio cantante. Éste es ya un tema intenso y muy conocido del Loquillo maduro, pero luego le siguen otros tantos de diferentes épocas: ‘Cruzando el paraíso’, ‘Las chicas del Roxy’, ‘Feo, fuerte y formal’, ‘Carne para Linda’, ‘La Mataré’…

Loquillo se cambia la americana por un chaqué negro con los puños y los bolsillos forrados de naranja; el atuendo de un maestro de ceremonias. Deja bien claro que él, sobre el escenario, sigue sintiéndose el rey. Apoya el pie izquierdo sobre un monitor y mira impasible a un lado y a otro del público, con esa sonrisa de tiburón. Canta ‘Rock suave’, ‘El rompeolas’, ‘Cadillac solitario’… Y todos nos sentimos abrumados y expectantes ante un hombre que parece desafiar el paso del tiempo; alguien que sube al escenario con sangre fría y caliente al mismo tiempo, con idéntica fuerza de hace un cuarto de siglo…

Dos horas generosas de concierto que se han esfumado en un instante, pese a la media hora larga de bises. Y, entre medias, un recuerdo a aquella noche de los ochenta. Loquillo pregunta al público en qué año fue, pero nadie retiene la fecha exacta. Los sentidos están a flor de piel y la memoria permanece en barbecho, recluida en una concha, apabullada por una atmósfera de sensaciones primarias e instintivas.

Sin embargo, el Loco sí mantiene vivos los recuerdos. Ante un público enmudecido y desconcertado, replica que él conserva con absoluta nitidez los detalles de esa madrugada lejana, tanto respecto al concierto como a las personas con las que estuvo. Parece hablar con una sinceridad apabullante e incluso un punto de emoción. Me hace reflexionar si cabe la posibilidad de que a él también le ocurrió algo que no ha podido olvidar. Y observa fijamente al público, oteando entre los cientos de rostros de las primeras filas, como tratando de desentrañar el recuerdo de un rostro entre la bruma del tiempo.

He ido al concierto con un grupo de amigos, con Silvia, mi chica, y mi hija Sara, que tiene 10 años y se sabe de memoria muchas canciones de Loquillo. Las venimos escuchando juntos desde siempre. Ha sido su primer concierto en serio y el destino ha querido que la historia se repita. El Loco, a partir de ahora, permanecerá vinculado para siempre a su particular colección de noches irrepetibles. Cuando acaba el concierto pone una sonrisa nerviosa y perenne, repleta de emoción. Vamos corriendo al puesto de merchandising y compramos una camiseta para ella, con el logotipo de Loquillo, el del pájaro loco sobre dos tibias cruzadas, versión rocker de la bandera pirata…

Ha transcurrido un mes del concierto y, desde entonces, hemos recopilado toda la discografía que nos faltaba y la hemos escuchado hasta la saciedad, incluidos los discos de poemas cantados, que nos han sorprendido porque muchas canciones mantienen la esencia del rock, en lugar de dar un giro hacia un estilo de cantautor, que sería lo previsible.

Nos gustaría revivir la noche del 30 del marzo, pero con el conocimiento que ahora tenemos de su discografía más reciente. En el nuevo disco, ‘La nave de los locos’, canta otra vez temas de Sabino Méndez y hay unas cuantas joyas, como ‘Contento’ (magnífico videoclip, con una estética en plan Los Soprano), ‘Muñecas rusas’, ‘Paseo solo’, ‘De vez en cuando y para siempre’, ‘Planeta Rock’, ‘Luna sobre Montjuic’, ‘La nave de los locos’ o ‘Canción de despedida’, esta última a dúo con Mikel Erentxun.

A los pocos días del San Pepe Rock se produjo otra curiosa coincidencia. Escuché a Loquillo en la radio, hablando de un nuevo libro que recoge sus pensamientos. Este volumen, en el que narra en primera persona su filosofía de vida y algunos acontecimientos que le han marcado, se titula ‘El hijo de nadie’, toda una declaración de principios.

el hijo de nadieLos pensamientos de Loquillo surgen a lo largo de varias horas de conversación con Luis Hidalgo, un periodista que va desentrañando y estructurando la mente enrevesada de un rockero atípico e intemporal. Loquillo se revela como un artista cansado de politiqueos, que no se casa con nadie. No se corta a la hora de hablar del funcionamiento de la industria musical, de la mafia de las subvenciones públicas a las bandas, del penoso papel desempeñado por la SGAE, del caos de la piratería musical… Un rockero que además supo agarrar el toro por los cuernos y se transformó en su propio empresario musical, para evitar que le convirtieran en un pelele.

Pero, sobre todo, ‘El hijo de nadie’ sirve para confirmar la inteligencia de un hombre que, como ya sospechábamos, esconde un montón de recovecos en el alma. Un tipo contradictorio que ha vivido al filo, pero que nunca ha acabado de lanzarse por el precipicio, al contrario que sucedió con la mayor parte de músicos de los ochenta.

Los cantautores, en España, son eternos y sus carreras se prolongan durante décadas, pero los rockeros, tradicionalmente, han seguido la estela efímera de los futbolistas, que alcanzada la madurez se han visto abocados a sobrevivir del fulgor de los gloriosos días del pasado.

Loquillo tiene una discografía impactante, tanto por calidad como por variedad, sin renunciar nunca a un estilo propio. Las letras de las canciones que interpreta, muchas compuestas por él mismo, le perfilan como alguien de principios, que gusta de caminar por la acera maldita de la vida, la única en cuyas sombras se ocultan las musas de la inspiración.

Al final, Loquillo acabará siendo nuestro Johnny Cash o nuestro Johnny Hallyday. Un rockero inalterable y atemporal, que sigue sirviéndose un malta y fumándose tres cigarrillos para afinar la voz antes de un concierto; un artista capaz de generar una obra auténtica y emocionante, que a algunos nos sigue llenando como el primer día.

Larga vida a José María Sanz, el “Loco” del barrio de El Clot. Y que el destino nos depare más noches de concierto en su compañía.

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Acerca de Xescu Prats

Ibiza, 1973. Periodista, escritor y fotógrafo. Amante del arte, la fotografía, el cine, la literatura, el vino, la gastronomía, los viajes...
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33 respuestas a Loquillo, la madurez de un rockero inalterable

  1. Gracias, Xescu. Me han encantado esos borbotones de épica rockera. Y más aún tu vuelta al blog. Un beso.

  2. De lo mejorcito que he leido sobre el Loco en mucho tiempo.

  3. María Ferrón dijo:

    se remueven cada vez que lo oigo en directo y se agitan cuando es en diferido. es un bestia y es camaleonico por eso sobrevive, se adapta al cambio. Sensacional entrada esta del loco, enhorabuena Xescu.

  4. N3s dijo:

    Genial tu reflexión sobre la figura del Loco.

    Recuerdo como si fuera ayer, cuando mis padres me compraron el disco “A por ellos …” y que no me cansaba de escucharlo cada vez que íbamos al pueblo. Todavía hoy cuando lo escucho, vienen a mi memoria esos viajes, que se hacían cortos. Asocio al Loco el momento en el cual hice la selectividad con la canción Me and Bobby McGee (“libertad quiere decir no hay nada que perder. Y nada sólo es nada pero es gratis”) y así más cosas.

    Larga vida al Loco y gracias por brindarnos tus recuerdos asociados al Loco.

  5. Marga dijo:

    Eso es , precisamente lo mismo que yo siento ante su música, gracias por hacer que mis pensamientos se hagan palabra y sentimiento.

  6. Marta Carcedo dijo:

    Yo sigo al Loco desde que tenia 14 años, he asistido a muchos conciertos, le he seguido paso a paso y he visto su evolucion, me enganchan tantos sus discos cañeros, como los de poemas, sus libros son un lujo para sus fans, y sus incursiones en las peliculas de la ciudad de los prodigios y la buena nueva, no dejan indiferente a nadie..Unas veces criticado y otras amado pero nunca indiferente. El Loco es grande en todo lo que hace. Es tan loable un concierto cañero y otro en un teatro dos formas distintas del ver al Loco, pero con un fin comun, apoyarle incondicionalmente en todo lo que haga. Hay gente que compra solo los discos cañeros y los de poema no, o asiste a unos conciertos y a otros no, el Loco es poloifacetico y si te gusta de verdad te gusta todo lo que hace. Estoy deacuerdo en todo contigo, has sabido reflejar lo que todos pensamos

  7. Un post muy sentido. ¡Larga vida a Loquillo!

  8. victor gomez dijo:

    impresionante darte la enhorabuena, me has puesto la piel de gallina, yo puede decir no justificar no tengo todas las entradas, que he visto a loquillo en directo 11 veces, y tengo todos los discos en vinilo y en cd, y tenia en mi habitacion un poster de un concierto del año 87, y tengo 43 años.

    saludos
    victor alicante.

  9. victor gomez dijo:

    cuando cumpli 40 años me regalo mi mujer la caja con todos los discos y rarezas y un libro de loquillo que saco hace unos tres años, y se me soltaron las lagrimas, me quede sin palabras y este año en navidades me regalo el ultimo claro…..

    saludos
    victor gomez

    • Xescu Prats dijo:

      Gracias, Víctor. El fin de semana que viene creo que voy a ir a verlo a Getafe, en Madrid. Da gusto escucharle y la banda que lleva ahora suena de vértigo. Salud!!!

  10. javier dijo:

    el loco, es patrimonio nacional, créanme…

  11. Sus dijo:

    Estuve en la grabación del directo en Zeleste de los años 80 y desde adolescente sigo con pasión los pasos del Loco, ahora a mis cuarenta y tanto me siento privilegiado de ser de Menorca y que Loquillo empieze sus giras en Mahón. Este año no pude asistir al primer concierto-ensayo de la isla y el pasado fin de semana cogí la maleta y me fuí a Girona para asistir a un gran concierto!
    De regreso, la guinda, nos cruzamos en la autopista con el y su troupe regalando su sonrisa torcida.
    Mis hijos de 5 y 7 años tambien lucen su camiseta y cantan sus canciones.
    Larga vida al Loco!

  12. gaia1971 dijo:

    Magnífico artículo. Sigo al Loco desde que salía en La bola de cristal, con Alaska. Has hecho que la nostalgia venga esta noche a visitarme. Mi primera noche memorable fue en la gira “A por ellos …” después de ese vinieron muchos conciertos más. A mi hija de 16 meses le encanta escucharlo, y te puedo garantizar que baila sus canciones 🙂

    Gracias.

  13. Molt booooo…!!!!! Enhorabona…!!!!!
    Salluuuttttt i “LARGA VIDA AL LOCO”

  14. bartolito mari torres dijo:

    Si senyor!!!!! ha set com veure un petit record de sa meva vida…. com es sol dir… jo tambe vaig estar alli amb tu….
    gracies, gracies, gracies
    sentiments en format de paraules,,, molt bo….

  15. miguelon dijo:

    Tengo 40 tacos y no se como he llegado a este blog, solo decirte que siento lo mismo que tu.He flipao leyendo tu cronica y recordando las cervezas, el cadillac ,rnr star y sentir que el mundo te lo comias con papas fritas.

  16. cristina morató dijo:

    Xescu me alegra tu retorno y te seguiré leyendo, se te echaba de menos, la verdad….

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