Fin de verano a lomos del caballo eléctrico

La iglesia de Sant Josep (Ibiza), desde la terraza. X.P.

Las dos de la madrugada. Estoy en la terraza, con la mirada ausente, levemente proyectada sobre la resplandeciente iglesia de Sant Josep, cubierta de cal e iluminada por los focos. En el iPad suenan las acordes de ‘Tren de medianoche’, una vieja canción de La Frontera. La letra empieza: “El caballo eléctrico la noche atravesó, vagando solitario al ponerse el sol. Era un frío invierno cuando él apareció, con la carta entre las manos, que ella le envió. El siguió sus huellas pero no tenían fin…”. Siempre surgen canciones tristes cuando se acerca el final del verano.
En casa todos duermen. Acabo de dar un beso a los chicos. Me he quedado unos minutos quieto a su lado, escuchando su respiración lenta, pesada, profunda, rítmica. De madrugada, todo el frenesí del día -los gritos, las carreras, los saltos, los atropellos en el agua, las risas-, se transforman en un estado de pseudo hibernación. Echo de menos descansar con esa intensidad…


Le doy un trago largo al gin-tónic. Me dejo envolver por su frescor y me concentro en la complejidad de su esencia. G’Vine en copa de balón, con una montaña de hielo y una uva tinta partida por la mitad, atravesada por un palillo.
La brisa es más fresca. El tiempo de transición entre verano y otoño ha comenzado en Ibiza. La piel me arde levemente de la playa, así que siento el cambio aún con más intensidad. Me abrazo a mí mismo y pienso que tal vez no sea el clima sino la nostalgia.
Ha sido un verano enriquecedor, con algunos momentos que no se olvidan. Arrancó triste, con una pérdida inesperada, injusta, dolorosa… Un adiós a alguien importante en nuestro pequeño universo: El tío Miquel. Padre, sabio, maestro, agricultor… Cómo olvidar el sabor de sus paellas, que guisaba con escrupulosidad científica; sus consejos, que lanzaba sin que te dieras cuenta y se te adherían a la piel; su paciencia en las clases de refuerzo de latín, cuando teníamos quince años; las tertulias literarias a media tarde, ya de mayores, a la sombra del porche de la Talaia; sus irónicos análisis políticos, los debates encendidos frente a su amigo Juanito, su interminable sentido del humor y esa mezcla de intelectualidad y apego a la tierra, tan intrínsecos a su personalidad. Imágenes que se me aparecen como flashes estos días. He visto a su hija, mi prima, y he contemplado su legado en forma de risa perenne.

Cala Codolar, Sant Josep (Ibiza). Nuestra cala favorita del verano 2011. X.P.

A los niños pequeños, la tristeza se les olvida al instante y para los críos ha sido una época estupenda. Aunque a veces la realidad impone rutinas y crudezas, Silvia y yo tratamos de ofrecerles una vasta colección de recuerdos gratos, vinculados a sus abuelos, primos, tíos y a nuestros amigos ibicencos. Haciendo balance, este año se marchan con la maleta cargada de días felices en el mar, épicos combates acuáticos en piscinas hinchables, interminables cenas en esta misma terraza, almuerzos deliciosos, batidos de fruta a media tarde, días infinitos sin horarios ni obligaciones…
Yo también he atrapado instantes imborrables, como cuando vi por primera vez, hace unos días, a mi hija Sara bailar payés, nuestra danza tradicional, deslizándose con pasitos cortos y mirada modesta, como mandan los cánones, luciendo un largo vestido blanco, un bronceado precioso y una gracia innata. O la cara de ilusión que puso Paco, el pequeño, cuando le regalamos unas auténticas castañuelas payesas de enebro, con las que sueña desde que acompaña a su hermana al antiguo teatro de Can Jeroni para recibir clases de danza folclórica. Su latido grave, aún desacompasado pero prometedor, nos ha acompañado todo el agosto. También la mañana en que Silvia se marchó a la carnicería y a los pocos minutos me llamó al móvil pidiéndome que me asomara al balcón. Allí estaba ella, sonriente, en mitad del callejón, usándolo como probador, con un impresionante vestido de color crudo que acababa de descubrir en el escaparate de Cactus. Igual que la cara ilusionada de mi padre y mi madre, cada vez que nos han ido enseñando los avances de su nueva casa de piedra y sabina, en el valle de Benimussa, desde cuyas ventanas se contemplan las vides y los olivos que cultivan. O el blues acústico y potente, sin amplificadores, del anciano Albert Cooper en la tienda Can Jordi (en el vídeo aparece actuando en un café de París). Pura ansia de vivir. Pura vida, como resumen en Costa Rica.

Gallos de San Pedro a la manera del Balneario de Cala Carbó (Ibiza). S.C.

Ha sido un verano de alimento para el alma y también para el cuerpo. Hemos disfrutado de gallos de San Pedro al horno con los pies enterrados en la arena, deliciosas fideuás en chiringuitos al abrigo de calas recónditas, cenas de autor en casas payesas, extraordinarios banquetes preparados por manos amigas, únicamente interesadas en deleitarnos con el placer de la degustación. Hemos descorchado vinos desconocidos a bordo de un velero, junto a la Conejera. Y todo ello, en compañía de buenos amigos, recientes y antiguos, con los sentidos atentos a sabores, paisajes y sentimientos.
Al recapitular, la pesadumbre por el inminente fin de ciclo ya no es tanta. De hecho, me pesan los párpados. Pero antes, una última canción. Mi tema del verano, aunque tenga un puñado de décadas. Las pocas noches que nos hemos quedado en casa, la hemos escuchado juntos en el iPad, a través de ‘youtube’, y nos hemos dejado invadir por su ritmo vital. “Very superstitious, writing’s on the wall. Very superstitious, ladders bout’ to fall…”. Stevie Wonder, al teclado, 22 años, aún con pelo, en plan rasta, largas patillas, perilla, cabecea a un lado y a otro sin dejar de sonreír. Una trompeta funky y brutal. “Superstition”.
La nostalgia del fin del verano se funde con el vértigo que provoca la incapacidad para frenar el tiempo. Los veranos pasan de largo al igual que se esfuman los años a los que ya no podemos volver. Muescas imborrables en el calendario vital. Si tenemos suerte, llegarán otros veranos. Otras estaciones. Momentos de esplendor y etapas de desdicha. Pero ahora sólo pienso en cómo las arenas del tiempo se me escurren entre los dedos, pasando página a un capítulo fulgurante.

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Acerca de Xescu Prats

Ibiza, 1973. Periodista, escritor y fotógrafo. Amante del arte, la fotografía, el cine, la literatura, el vino, la gastronomía, los viajes...
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7 respuestas a Fin de verano a lomos del caballo eléctrico

  1. Silvia Castillo dijo:

    Hay algunos veranos que se recuerdan toda la vida. Para mí, el del año 2009 (antes de casarnos: Sa Talaia-Egipto con días infinitos de sandía, siestas y amor), el de 2002 (cuando nació Sara) el de 2007 (cuando nació Paco) y éste, resumen de todos los días felices de la vida. No quiero ser rica, no quiero ser importante, no quiero ser guapa, no quiero ser poderosa….no necesito nada más que lo tengo. Mi deseo es seguir compartiendo días felices. …
    Gracias a Xescu y a todos vosotros, familia y amigos, por caminar juntos en este viaje.

  2. Moltes gracis, m’ha encantat… A sa tarda li llegiré a sa mamà. Besito molt gros i no deixis es gin-tònic quan estiguis a Madrid.

  3. maria ines suarez dijo:

    Hola Xescu! Que felicidad compartir vuestro verano aunque sea a traves del chat, divinas vuestras vivencias ! me prometo a mi misma que si la vida me lo permite ire a la casa de piedras y sabinas de tu madre a darles un fuerte abrazo!!Comparto plenamente el pensamiento de Silvia( te aseguro que la imagine probandose el vestido en el callejon !) la vida es eso todos los momentos felices que podemos recordar y ustedes fueron parte de mi felicidad en Ibiza!! …y como utimo regalo un poquito de ibicenco precioso!!! UN fuerte abrazo para todos….si me permiten decirlo, los quiero!

    • Xescu Prats dijo:

      Muchas gracias, María Inés… Recuerdo cuando charlábamos contigo en esa misma terraza, en la casa… Espero que la vida te sonría y que te permita venir a vernos alguna vez, como dices… Un abrazo muy fuerte.

  4. antoni costa dijo:

    Hola Xescu, acabo de leer tu blog , de paso he comprobado que sigo emocionandome con sensaciones y sentimientos. Tu sensibilidad hacia las personas es más comprensible a partir de la que desprendes hacia la música, las imagenes y la literatura. El amor y ternura que desprendes hacía los tuyos, y en particular con Silvia, Sara y Paco, sólo tienen cabida en un corazón grande como el tuyo. Compartir alguno de los momentos que rememoras es un privilegio y a la vez sé que también un abuso indeseado. La universalidad del lenguaje de los sentimientos, de las ideas y comportamientos ayuda a sentirnos más humanos, sociales, vivos…..seres con inteligencia capaces de enterder a otros semejantes con otras ideas, otras ilusiones pero seres humanos. Un abrazo desde la nostalgía compartida de algún buen rato. T. Costa

    • Xescu Prats dijo:

      Muchas gracias… No hay mejor remedio contra la nostalgia que ponerla sobre la mesa, digerirla y arrinconarla del todo planeando nuevos buenos ratos… Espero que haya muchos y que los compartamos…

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