Nuestra noche en El Bulli (1ª parte): la llegada

(Advertencia: Si tienes mesa reservada para la última temporada de El Bulli, no leas esta crónica. Deja hueco a la sorpresa)

Viernes, 15 de abril. 19,30 horas. Arturo al volante. Nuestro coche serpentea sobre los acantilados de la Costa Brava, camino a Cala Montjoi. Estoy nervioso y, aunque no hace calor, sudo. Siento un miedo tenue y me pregunto por qué. Es absurdo. Voy a cenar en El Bulli. Se cumple uno de mis sueños. “Relájate”, me digo a mí mismo, “sólo tienes que sentarte a la mesa y dejar que te cortejen los sentidos”. Se me ha puesto una sonrisa extraña en la cara y no se va; una versión atemperada del gesto inmutable que aparece en las fotos del álbum de mi boda, provocado por la mezcla de nerviosismo y felicidad en grado extremo.

Las curvas son tortuosas. Parecen intrínsecas al ritual del Bulli. Una vez consigues la epopeya de lograr que te admitan entre dos millones de peticiones, tienes que cruzar esta frontera sinuosa que te empuja a descubrir tu corazón y tus sentidos; que ordena a tus neuronas que transmitan a cada nervio que esta noche deben abrirse al máximo las puertas de la percepción. El camino impone silencio y la brisa susurra que allá a dónde te diriges es un lugar distinto.

Portada del libro “The Sorcerer’s Apprentices”, de Lisa Abend. La foto me recuerda al cuadro “Lección de anatomía”, de Rembrandt

El zig-zag de la carretera, sin embargo, nada tiene que ver con este nudo en el estómago, esta sensación de ligera angustia, de que el suelo tiembla levemente bajo tus pies, como cuando desembarcas tras un par de días de navegación ininterrumpida. Inestabilidad suave que te permite seguir adelante, pero inestabilidad al fin y al cabo. Y ha ocupado el hueco que antes sólo contenía pura ilusión. Siento el vértigo desde la tarde, cuando dejé a Silvia en el hotel de Roses para que descansara un rato, mientras me llevaba a Sara y Paco, mis hijos, a pasear por la playa. Compramos una pelota en una tienda de souvenirs, corrimos por el paseo marítimo y nos sentamos en un banco a admirar el mar. Ni el viento ni el paisaje ni las sonrisas infantiles aliviaron la sensación.

Regresamos al hotel para arreglarnos. Silvia no había podido dormir. También se sentía incapaz de abstraerse de El Bulli y continuó con la lectura de ‘The Sourcerer’s  Apprentices’, el libro que la periodista americana Lisa Abend ha escrito sobre la vida en El Bulli de los jóvenes que realizan el ‘stage’. Aún no se ha publicado en castellano. Lo recibimos por sorpresa desde Nueva York, hace unas semanas. Nuestros amigos Pilar y Antonio, que llevan unos años residiendo en Estados Unidos y sabían que teníamos mesa reservada, fueron a la presentación y nos lo mandaron, con una dedicatoria de la autora y del propio Ferran Adrià. Toda una sorpresa. Esta crónica ha acabado acompañándonos durante el trayecto en coche desde Madrid. Kilómetro tras kilómetro, Silvia ha ido leyendo y traduciendo en voz alta los pasajes más interesantes, aquellos que revelaban cosas que desconocíamos, ya que llegábamos a la cita con mucho material leído, contemplado, conversado…

Tal vez ahí radique la causa del vértigo que padezco; en el inusual volumen de información digerida antes de alcanzar esta meta, gracias a la sensibilidad de Lluís García, maitre de El Bulli, que nos ha abierto las puertas de este lugar mítico tras leer la carta que enviamos a Cala Montjoi y que os resumí en el blog hace unas semanas.

Una vez me zambullo en una novela extraordinaria o me siento en la oscuridad de un cine ante una película apoteósica, brotan sensaciones parecidas. Percibo que las páginas o imágenes pronto llegarán a su fin y que entonces me embargará una desconcertante sensación de vacío. El viaje a El Bulli también empezó hace tiempo y ésta es la última etapa, el último capítulo, la última secuencia.

¿Debí evitar leer tanto sobre El Bulli, contemplar sus documentales? Únicamente he esquivado contenidos sobre el menú de la actual temporada… ¿Me he autogenerado tantas expectativas que ahora tengo miedo a salir decepcionado? “Déjalo ya”, me digo, “mentalidad positiva”.

Por fin alcanzamos la verja del restaurante. José conduce el otro coche y va por delante. Se detiene a hacer una foto al logo de El Bulli que indica la puerta de entrada al recinto. Descendemos por una cuesta empinada que desemboca en un jardín atípico, rompedor, sereno. Como tallado por un monje zen. Las piedras forman texturas distintas, a los lados del camino, en las jardineras, engarzadas bajo una escultórica escalera que asciende hacia el monte… La comunión entre vacío y materia, el yin y el yang. De pronto estamos en Japón y sólo el Mediterráneo, que mece la orilla de Cala Montjoi, lo desmiente.

La llegada al restaurante El Bulli

La gravilla en dos tonos que cubre la zona de aparcamiento está perfectamente rastrillada, como si cada piedra hubiese sido recolocada manualmente, con escuadra y cartabón. Cada pixel en su lugar, sin errores ni puntos negros. Si el camino a la cala simboliza el viaje, el jardín compone una metáfora de la propia cocina: equilibrio absoluto, obsesión por la perfección, variedad de texturas, isla en mitad del paisaje…

Me acuerdo de un fragmento del libro de Lisa Abend que Silvia nos leyó durante la travesía. Habla de la desesperación de algunos aprendices, cuando descubren que entre sus tareas figura peinar diariamente esta grava. Brota entonces aquella frase del profesor Miyagi: “Dar cera, pulir cera”. Del trabajo manual al arte marcial; de la jardinería a la innovación gastronómica. La misma forma de entrenar la virtud de la paciencia, algo esencial en El Bulli.

El parking está vacío. Somos los primeros. Bajamos del coche y nos hacemos una foto de espaldas al mar. Nueve personas distintas, únicas, unidas por la amistad, la pasión por la gastronomía y el ansia de cruzar nuevas barreras. Dessiré y Javi, abogada e ingeniero agrícola. Olga y José, estilista y diseñador gráfico. Arturo, director de hotel. José Luis, gestor de un portal de turismo. Silvia y Xescu, periodistas. Y Sara, su hija de ocho años, la mayor fan de Ferran Adrià, que de mayor quiere ser periodista gastronómica. Hay un décimo, Paco, de tres años, que nos acompaña aunque es demasiado pequeño para el menú degustación. Debemos de ser un grupo atípico de clientes; niño con carrito incluido. Pero somos de Ibiza, así que no pasa nada. Se nos perdonan las excentricidades. En la isla nacimos o vivimos y seguimos intensamente vinculados a ella, aunque algunos nos perdamos largas temporadas en otros lugares hasta encontrar el camino de vuelta.

Sonreímos para la foto. Las chicas están elegantes y guapas. Olga, con un precioso vestido de leopardo. Dessiré, con un atuendo florido a juego con sus ojos. Silvia y Sara estupendas, de blanco ibicenco, haciendo patria. Los chicos también nos hemos arreglado a nuestra manera, la mayoría con calculada informalidad.

La cocina de El Bulli, desde el exterior

Subimos hacia el restaurante y pasamos de largo ante la discreta puerta de entrada, atraídos por el ventanal iluminado de la cocina. Sara grita “he visto a Ferran Adrià”. La cocina es como el jardín. Minimalista, amplia, ordenada, planificada al milímetro. En su libro, Lisa Abend cuenta que en ella está prohibido gritar o correr. Una cocina frenética y al mismo tiempo silenciosa. La sacristía del templo.

Alguien se da cuenta que hay que retroceder. Entonces nos fijamos en el cartel con el dibujo de un bulldog. Es el logotipo elegido por Marketta y Hans Schilling, la pareja de alemanes que fundó el restaurante en 1962. Dudo que en esos principios llegasen a imaginar que su pedazo de paraíso acabaría siendo el destino soñado por millones de personas de todo el mundo. Un amplio jardín, una cocina impactante, una mini entrada con la cabeza de un perrito. Primer juego de contradicciones, primer guiño (¿involuntario?), primer anticipo de lo que está por venir.

El bulldog, el logo de El Bulli

Mientras reflexiono al respecto, aparece para darnos la bienvenida un sonriente Lluís García. Le saludo efusivamente y le doy de nuevo las gracias por habernos acogido, cosa que ya hemos hecho reiteradamente a través del correo electrónico. Lluís, en las fotos que hemos visto antes, tiene cara de tipo duro. Uno de estos individuos de rostro característico que se pasean por El Padrino o la maravillosa serie de televisión Los Soprano. En eso hace buena pareja con el otro maitre, Lluís Biosca. Sin embargo, cara a cara, su aspecto casa completamente con el tono amable de sus correos electrónicos. Sonríe todo el tiempo y va de mesa en mesa repartiendo comentarios y sensaciones positivas. Sólo le falta frac, bastón y sombrero de copa. En lugar de eso, luce un traje de Armand Bassi con una americana que se abrocha mediante una triple abotonadura horizontal. Es el único rasgo rompedor de un vestuario clásico, corbata gris perla incluida. De nuevo, el universo dual de El Bulli: tradición y minimalismo, clasicismo y modernidad.

A Lluís le entregamos su regalo y también el de Juli Soler, ya que antes no hemos tenido ocasión. En ese instante, justo después de explicarle su contenido, Silvia se arranca con unos de sus fantásticos momentos vallecanos, característicos tanto por sentido del humor como por peligrosidad. Pero, para que lo entiendas, debo ponerte en antecedentes. En la carta que enviamos a Lluís, pedimos mesa para nueve. Teníamos intención de viajar sólo adultos. Pero a Dani, el noveno amigo, que es directivo de un hotel de Santo Domingo, le resultó imposible acudir a la cita desde el Caribe. Sara, por tanto, acabó ocupando su plaza, feliz, pero a Paco resulta imposible dejarle con la familia si su hermana no permanece a su lado. En su momento, le planteé la situación a Lluís y me dijo que lo lleváramos, que ya encontraría una solución para acomodarnos. Incluso me ofreció la posibilidad de preparar un plato de pasta para él.

Yo era consciente de que eso suponía un cubierto más, que implicaba que la mesa creciera, que podía ocurrir que alguien que deseaba disfrutar de El Bulli con la misma intensidad que nosotros, podía perder la plaza por un niño que iba a comer spaghetti. Así que le escribí que no se preocupara, que Paco iría cenado.

Y así llegamos al momento vallecano, justo en el instante en que Lluís insiste en si queremos que le preparen algo al niño. Le digo que no se preocupe, que ha comido algo en el hotel y, entonces, sentada en la mejor mesa del más laureado restaurante del mundo, Silvia extrae de su bolso un bocadillo de jamón y queso y, con radiante naturalidad, lo deposita sobre la mesa impoluta de El Bulli. Con una sonrisa, añade: “me he traído un sándwich, por si acaso”. Silvia es una provocadora nata y yo desconozco los secretos ocultos en el fondo del bolso de mi chica. Así que me quedo estupefacto. Pero Lluís no sólo responde con un gesto de absoluta normalidad, sino que se saca de la manga una respuesta amable, que no recuerdo de forma literal porque la luz cegadora que irradia el sandwich sobre el mantel me ha dejado noqueado. En cualquier caso, Lluís viene a decir algo como: “con los niños pequeños siempre hay que ir preparado”. A veces, mi querida Silvia me hace pasar momentos tensos que con los años se convierten en grandes anécdotas. Su naturalidad, junto con su inteligencia, es el rasgo que más me gusta de su personalidad.

Como puedes ver, los pensamientos sobre nuestra llegada a Cala Montjoi salen a borbotones y aún no hemos catado un solo plato, así que, por hoy, pongo punto y aparte. Te prometo que en breve retomo el relato y te revelo la inolvidable sucesión de platos y sensaciones que surgen de las entrañas de El Bulli.

Hasta pronto.

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Acerca de Xescu Prats

Ibiza, 1973. Periodista, escritor y fotógrafo. Amante del arte, la fotografía, el cine, la literatura, el vino, la gastronomía, los viajes...
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3 respuestas a Nuestra noche en El Bulli (1ª parte): la llegada

  1. Livia Castillo dijo:

    Me he quedado con la miel en los labios. Necesito saber más. Espero impaciente. Besos a los cuatro.

  2. Belén dijo:

    Me ha enancado el momento vallecano: “me he traído un sándwich, por si acaso”. Imagino el momento en el que Xescu queda estupefacto, noqueado…
    Aún estoy llorando de risa.
    Gracias por compartir con nosotros todos los detalles de la velada en El Bulli.

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