El día que encontré a Murakami

Creo que es la primera vez en mi vida que recomiendo un libro cuando apenas llevo leídos unos pocos capítulos (tan sólo 9, de un volumen estructurado en 2 partes de 24 capítulos cada una). La novela en cuestión se llama ‘1Q84’ y es la última publicada por el escritor japonés Haruki Murakami.

Descubrí el insólito universo del señor Murakami por casualidad, hace algunos años, cuando trasteaba por la sección de libros de la FNAC de Callao, en Madrid, a la hora de la comida. A menudo almuerzo solo. Me gusta y además lo hago acompañado de un libro. Así que si un día no dispongo de uno, corro a comprarlo antes de elegir restaurante. Disfruto con enorme placer esa sensación de adquirir una historia y saber que la voy a destripar de forma inmediata, a la vez que alimento mi cuerpo.

El día que encontré a Murakami no tenía bala en la recámara. Normalmente conservo en la memoria media docena de libros que quiero empezar. Los observo en visitas anteriores a la librería y dejo que crezca en mí el ansia de poseerlos; o a lo mejor me llegan a través de los comentarios de amigos que conocen el tipo de lectura que me atrae. Pero esa vez llegué de vacío, dispuesto a apropiarme de una historia desconocida de forma rápida; sin darle muchas vueltas. Además, disponía del tiempo justo para almorzar y regresar al trabajo.

Una situación así se produce de forma muy esporádica, ya que me gusta hablar de libros con la gente y siempre surgen novedades. Además, cuando no sé que libro elegir, voy a las estanterías con los autores ordenados alfabéticamente y busco a alguien conocido; un Paul Auster o un Ian McEwan al que aún no haya agotado. Otras veces, voy a la sección de novela policíaca y me dejo llevar por las expectativas generadas por la sinopsis de la contraportada. Así descubrí la intriga policial de la francesa Fred Vargas, tan genial como divertida, y desde entonces devoro todo lo que publica.

Pero con Murakami ni siquiera ocurrió de esta manera. Es más, ese mérito inicial no le pertenece ni a él, ni a quien haya escrito el resumen de la contraportada. El culpable es el diseñador gráfico de la Editorial Tusquets, que ilustró la novela con la foto del rostro de un gato cortado por la mitad. Parece algo tonto pero me atrajo de forma casi incomprensible. Desde la superficie del libro te observa ese único ojo felino que, al mismo tiempo, revela belleza y peligro, como si viniera envuelta en un aura de misterio.

Antes de aquel día, habría leído un par de novelas japonesas y no habían calado en exceso. Al revés, lo japonés, por entonces, era para mí sinónimo de tedioso (únicamente desde un punto de vista literario, no gastronómico ni cinematográfico). Obviamente, esa ceguera intelectual obedecía tan sólo a la falta de conocimiento.

La verdad es que no había vuelto a pensar en aquel día hasta que he empezado a redactar este artículo; de hecho, cuando me he propuesto escribir sobre ‘1Q84’ no tenía intención alguna de referirme al pasado. Pero el recuerdo ha emergido solo, de forma involuntaria, visceral diría yo. Lo mismo que cuando compré el primer Murakami. Visto ahora, lo que aconteció aquel día me parece un tanto extraño, como si lo hubiese soñado. Recuerdo haber sentido que ese objeto se me aferraba como si estuviese imantado y me transmitía la necesidad de poseerlo, aunque nunca hubiese oído hablar de su autor o su título. Este último también contribuyó a intensificar la insólita corazonada, con esos caracteres blancos, rectos y con remates, trazados en mayúsculas sobre un fondo negro. Se llamaba ‘Kafka en la orilla’.

Haruki Murakami

“Kafka en la orilla”, repetí para mis adentros. Podía significar tantas cosas… Te prometo que me fui hacia la caja sin darle la vuelta al libro ni abrirlo para cazar un párrafo al azar. Si existen los flechazos literarios, ese tuvo que ser uno. Hasta que estuve en la cola no comencé a leer la contraportada. Fue un momento de confusión, ya que la sinopsis entraba un poco en contradicción con mis premoniciones anteriores. Hablaba de personajes que sufren pérdidas, que padecen el complejo de Edipo y que tienen la habilidad de comunicarse con los gatos. En seguida llegó el turno de pagar porque, si no, tal vez habría dado media vuelta, colocado el libro en el hueco de la estantería y almorzado a solas con mis pensamientos. Una historia de gente que habla con los animales, en principio, no me interesa mucho.

Inconscientemente, aunque en sintonía con el volumen que llevaba en una bolsa de plástico, entré en un japonés. Pedí el menú del día, a base de sopa de miso, atún crudo con arroz y fruta, e inicié la lectura de ‘Kafka en la orilla’…

No pude abandonarla hasta que la terminé e incluso días después siguió colándose en mis pensamientos. Cada rato libre, me dejaba hipnotizar por la mirada gatuna de la cubierta y volvía a enredarme entre su maraña de historias.

Es posible que, de haber investigado previamente en la biografía y bibliografía del autor, no hubiese comenzado enfrentándome a ‘Kafka en la orilla’. Seguro que habría elegido una novela más accesible y menos onírica (‘Tokio Blues’, por ejemplo); una lectura que me permitiera sumergirme por etapas en el universo Murakami, sin tirarme de cabeza desde lo alto de un precipicio. Pero el caso es que la experiencia resultó fascinante. Me permitió saborear un manjar que hacía tiempo no disfrutaba: el de la auténtica novedad, un universo desconocido de personajes únicos, extraños, que navegan por un río brumoso que deambula entre la realidad y el sueño; una atmósfera irreal y densa que sin querer acabas vinculando a tu propia cotidianeidad, y una construcción en forma de laberinto, que te atrapa desde el primer renglón y no suelta cuerda hasta el punto y final… o más allá.

Tras ‘Kafka’ leí, sin apenas intercalar a otros autores, ‘Tokio Blues’, ‘La caza del carnero salvaje’, ‘Sputnik, mi amor’, ‘Al sur de la frontera, al oeste del sol’ y ‘Crónica del pájaro que da cuerda al mundo’, más o menos por este orden. El último es el libro de Murakami que más me ha impresionado y constituye, bajo mi punto de vista, una de las novelas más importantes publicadas a finales del siglo XX.

No pienses que soy un adulador acérrimo de Murakami, incapaz de mantener una postura crítica ante su obra. De hecho, los libros que leí después no me gustaron mucho. El recopilatorio de cuentos ‘Sauce ciego, mujer dormida’ me pareció demasiado rebuscado y, sobre todo, me hizo entender que a Murakami las buenas historias le brotan cuando tiene por delante un horizonte infinito de páginas en blanco. Luego se publicó en España una de sus primeras novelas, ‘El fin del mundo y un extraño país de las maravillas’ que me resultó demasiado surrealista. Tal vez me pilló en una mala época, no lo recuerdo, pero tuve que dejarlo a la mitad. A veces, cuando una historia no te subyuga, no tiene por qué ser siempre responsabilidad de su autor, sino tuya, fruto de una etapa cóncava de tu pulso vital. Con ‘After Dark’ me encontré de nuevo con las sensaciones que había experimentado en esas primeras novelas, pero no llegó a atraparme con la misma fuerza.

Escritor y corredor de maratones

Este escalonado desinterés fue la razón por la que retrasé durante meses la lectura de un libro que concluí justo antes de empezar ‘1Q84’ y que me devolvió bruscamente la adrenalina de los primeros tiempos. ‘De qué hablo cuando hablo de correr’ no es una novela ni tampoco una colección de relatos, sino una atípica autobiografía en la que Murakami, con la excusa de su condición de corredor de maratones, desentraña algunos de los episodios más importantes de su vida, así como sus obsesiones y rituales a la hora de enfrentarse al oficio de escribir.

Este ensayo, además de interesar a los deportistas de fondo, que nunca van a encontrar nada igual para comprenderse a sí mismos, resulta significativo para quienes hemos leído buena parte de las obras de Murakami. Para empezar, no deja de ser sorprendente que un escritor de 62 años todavía participe en maratones tan importantes como la de Nueva York, en competiciones de triatlón y que incluso hace algunos años llegara a correr 100 kilómetros de un tirón. Cuando lees esas hazañas sin demasiado sentido ‘a priori’, puesto que él no es un deportista profesional ni compite con nadie cuando corre, entiendes de dónde surgen los pasajes más inquietantes de sus historias, como cuando Tooru Okada, el protagonista de ‘Cronica del pájaro que da cuerda al mundo’, se encierra voluntariamente en un pozo oscuro e incomunicado, situado en el jardín de una casa abandonada.

Extrañas pruebas de sufrimiento voluntario que Murakami vive con idéntica mezcla de fascinación y angustia, desde su afición al atletismo de fondo. En el libro también explica por qué se hizo escritor. Y entonces descubres que realmente le ocurrió tal y como se producen las cosas en la vida de sus personajes de ficción. Un buen día decidió vender el bar de jazz que regentaba en Tokio y se hizo escritor, sin contar con experiencia previa y sin contactos de ninguna clase, simplemente porque de pronto tuvo el presentimiento de que debía seguir ese camino, por mucho que rompiera con toda su vida anterior y significara echar por la borda el esfuerzo invertido en el negocio.

En fin, que ‘De qué hablo cuando hablo de correr’ me predispuso a leer ‘1Q84’, una novela de ecos orwellianos y con un título que juega con la coincidencia de que en Japón el número 9 se pronuncia igual que la letra Q: “kyu”… Y aquí estoy yo, recomendándote el libro cuando apenas acabo de empezarlo. Pero es que ‘1Q84’ arranca poderoso, como las historias anteriores que más me gustan de Murakami. ‘1Q84’ te agarra por el pescuezo y te empuja todo el rato a seguir leyendo y a descubrir lo que esconden sus fascinantes personajes. El libro arranca con dos historias que, al menos de momento, avanzan en capítulos alternos, aunque parecen condenadas a cruzarse en algún momento.

Por un lado está Tengo, un profesor de matemáticas que ama la escritura, aunque todavía nadie le ha publicado nada. Un amigo editor, tan rocambolesco como los personajes secundarios que pueblan las ficciones de Murakami, le pide que lea ‘La crisálida del aire’, una novela obra de una adolescente, para que la valorare de cara a presentarla a la fase final de un concurso de relatos para jóvenes. El libro se sustenta en un lenguaje infantil, pobre y deslavazado, pero la historia es tan poderosa que atrapa a Tengo irremisiblemente, hasta el punto de aceptar conocer a la joven autora y reescribir la historia para lanzarla al mercado y convertirla en un best seller. Cuando el aspirante a novelista se reúne con ella, acaba fascinado tanto por la belleza como por el aura de misterio que envuelve a la muchacha.

Pero además encontramos a Aomame, un personaje absolutamente increíble y atípico en la obra de Murakami. Normalmente, sus protagonistas, aunque vivan mundos interiores insólitos y aventuras oníricas estrambóticas, suelen arrancar siendo gente bastante corriente. Aomame, sin embargo, compagina su trabajo como instructora deportiva con los asesinatos por encargo, que ejecuta con extrema frialdad y para los que emplea armas construidas por ella misma. La escena de la primera muerte es absolutamente original. Nadie había relatado un homicidio con la actitud distante y la curiosa técnica que emplea el personaje.

Esto es todo lo que de momento puedo contarte. Tal vez, cuando termine, te diga algo más. Sobre todo si el resto del libro es tan bueno como el arranque, aunque estoy prácticamente seguro de que va a ser así. De todas formas, a mí tampoco me gusta mostrar más allá de lo imprescindible y desentrañar las claves importantes. Bien es cierto que con Murakami, por mucho que te cuenten, nunca puedes vislumbrar la experiencia que supone conocer sus libros, hasta que los abres y sucumbes a su hipnosis… Ahora, si me lo permites, voy a seguir leyendo hasta que se me cierren los ojos. Sayonara.

Anuncios

Acerca de Xescu Prats

Ibiza, 1973. Periodista, escritor y fotógrafo. Amante del arte, la fotografía, el cine, la literatura, el vino, la gastronomía, los viajes...
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a El día que encontré a Murakami

  1. Silvia Castillo Belmonte dijo:

    Me has convencido y sigo tu recomendación: Empiezo con Tokyo Blues.

  2. Antonio dijo:

    Xescu, me ha encantado tu post porque para mi, su descubrimiento, fue una gran satisfacción. Murakami mezcla sin ningún tipo de perjuicio, lo que le hace maravilloso, el lenguaje de la novela norteamericana con el poso de la tradición japonesa. Su trabajo como traductor de novelas de Trapote o Scott Fitzgerald, sus estudios superiores de traducción y el haber tenido en casa a dos profesores de literatura (sus padres), además, de su amor por el jazz, sirvieron como base para que su trabajo literario confunda las lindes de la creación entre la novela norteamericana y la japonesa. Y yo opino como dijo Rodrigo Fresán, de El País: “Advertencia: Murakami –al igual que los Beatles– produce adicción, provoca numerosos efectos secundarios y su modo de narrar tiene algo de hipnótico y opiáceo.” Besos y salu2

    • Xescu Prats dijo:

      Hola Antonio. Muchas gracias. A mí, desde luego, me ha creado adicción. Nadie construye como él esas atmósferas donde se mezcla lo real y lo irreal para que tú, como lector, nunca sepas el terreno que pisas… Y encima, en lugar de confusión, genera mucho más interés… Un abrazo…

  3. Clara dijo:

    Gracias, Xescu. Quien comparte sus hallazgos (y sus recetas) es un gran tipo y un amigo generoso. Confieso que con Murakami me pasa (menos que con otros escritores japoneses, pero también) que encuentro… un desencuentro que no puedo salvar. Y eso que el humor tiende puentes. Un besito.

    • Xescu Prats dijo:

      Hola Clara. Esto de los libros es como los quesos, que a uno le gusta el cabrales y a otro el ‘perfume’ le tira de espaldas, aunque ambos sepan que elaborarlo tiene su mérito. A mi esa forma de describir el mundo desde una postura distante, como sobrevolándolo, pasando por encima,con una ligera frialdad, y esos personajes, tan medidos en su actitud exterior y con ese fuego que intuyes llevan por dentro, pues es lo que me atrae de Murakami. Muchos besos.

  4. Daniel Gutierrrez dijo:

    Hola de nuevo Xescu:
    Aunque hace ya tiempo de este post, hará cosa de unos meses que lo leí y empecé a leer “De que hablo cuando hablo de correr ” (me gusta correr además). Como me encantó su estilo tan natural y desenfadado seguí con “El pajaro que da cuerda…” no se, me atraia eso del pozo. Ahi ya me captó 100%, segui con “Kafka en la orilla” y he parado ahora para dosificarme y disfrutar poco a poco los que me quedan.
    Muchas gracias de nuevo.
    Por cierto, supongo que será por falta de tiempo, pero se echan de menos tus post.
    Un saludo
    Dani

    • Xescu Prats dijo:

      Gracias, Dani. Murakami o te despista o te atrapa. Has iniciado un camino que seguro te llevará a muchos otros libros. Prueba con 1Q84! Respecto a las pausas entre texto y texto, el tiempo no da para más, pero seguiremos! Un abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s