San Marcos: Memoria del horror

Aunque éste sea un blog de placeres, por una vez vas a tener que disculparme. A veces, el pensamiento viaja sólo y, en lugar de lo bello o lo epicúreo, escoge el camino de lo trágico. Así que si hoy has venido buscando imágenes, sabores o palabras que transmitan expectativas de felicidad, mejor abandona la lectura y regresa otro día más luminoso, porque hoy toca una historia de terror que me tiene sobrecogido.

La fachada plateresca del Hostal de San Marcos, en León

A la gente de mi generación, el asunto de la Guerra Civil nos queda profundamente lejano; incluso en muchas de aquellas familias con parientes desaparecidos en los bosques o ajusticiados ante los paredones, ya  pertenecieran a uno u otro bando. La razón se me antoja bien lógica. ¿Quién quiere revivir el horror? ¿Para qué envenenar a hijos y nietos con historias que ya no tienen arreglo? Tal vez el silencio se ha constituido como el eficaz analgésico que ha permitido purgar el recuerdo de aquellos tiempos horribles.

El caso es que para quienes todavía nos aferramos a la treintena -aunque sea por poco tiempo-, la Guerra Civil pertenece a otra galaxia. Tenemos una imagen poco clara de aquel desastre nacional, inspirada por el cine y alguna literatura. Y la realidad es que la contienda no se pareció en nada a ‘La Vaquilla’, aunque haya que admirar a Berlanga por tomarse a guasa incluso este asunto espinoso, como tampoco guarda relación con las efemérides y estadísticas que estudiamos en los libros de historia y que ya hemos olvidado.

Sin embargo, a veces la vida te estrella contra algunas realidades, tanto presentes como pasadas. Llegado este último caso, no queda más remedio que saltar hacia atrás un par de generaciones y masticar con las entrañas los detalles de la penosa realidad que se vivió en aquel oscuro periodo de la guerra y la posguerra, con el alivio de saber que estos no son tiempos de sangre ni de encarnizamientos colectivos .

A mí me ha ocurrido esta mañana y todavía sigo con el cuerpo desencajado y la mente compungida. Pero pasemos a lo que nos ocupa y, en caso de que todavía sigas leyendo, déjame que te cuente la historia de Victoriano Crémer, poeta, novelista, ensayista y superviviente.

En la actualidad, me encuentro investigando la historia del Hostal de San Marcos, actual Parador de León, con el objetivo de redactar los contenidos que compondrán la musealización de este edificio insólito por su belleza, creado para albergar a los caballeros y freiles de la Orden de Santiago, así como para atender a los peregrinos que viajaban a Santiago para rezar ante la tumba del Apóstol. El monumento es una joya del plateresco, con una iglesia adosada del gótico tardío y un claustro bellísimo, tanto por sus proporciones como por las tallas de piedra que lo adornan y las bóvedas de crucería que lo cubren.

A lo largo del proceso, cayeron en mis manos no menos de una quincena de libros dedicados a loar la grandeza arquitectónica y artística de San Marcos o a describir sus etapas históricas: vida conventual, desamortización, escuela de jesuitas y escolapios, museo arqueológico, cárcel provincial, hospital de enfermos de viruela e incluso depósito de sementales del Ejército –sí, aunque suene increíble, el claustro renacentista albergó cuadras de percherones–.

El claustro de San Marcos albergó a miles de presos, que tenían que dormir a la intemperie

Cuando ya tenía enfilado el planteamiento museístico del edificio, decidí realizar una nueva visita al antiguo convento, para limar dudas, consultar planos antiguos ‘in situ’ y fotografiar rincones pendientes. En el transcurso de ese viaje tuve ocasión de conversar con algunos leoneses que sabían al dedillo la historia del monumento. Ellos me hicieron notar que, además de todo lo que ya había desentrañado en farragosos tomos de historia -tanto recientes como apolillados-, el convento de San Marcos fue también uno de los campos de concentración más temibles de la Guerra Civil española.

Nada más recuperarme del escepticismo inicial y proceder a arañar levemente la superficie del asunto, el frágil camuflaje de la historia se evaporó. En ese instante, con efectos prácticos y nitidez absoluta, vislumbré en qué se tradujo la censura del franquismo y qué ha significado en tiempos de democracia la autocensura aplicada sobre aquel vergonzoso pasado nuestro.

Ni uno sólo de aquellos volúmenes, gruesos o delgados, antiguos o extraordinariamente recientes, aludían al siniestro episodio de San Marcos como campo de concentración, pese a que muchos de ellos detallaban hasta la más nimia función que desempeñó el monumento, tanto antes como después de la contienda.

La lejana distancia a la que se situaba el conflicto quedó recortada de cuajo en mi pensamiento; tuve la revelación de que incluso hoy aún no se habla con libertad ni con franqueza. Una visita a las salas del Museo de León en San Marcos, que aún conserva como anexo y que no había tenido oportunidad de visitar anteriormente, me permitió arrancar de raíz cualquier atisbo de duda. Allí, una pequeña placa, adherida a una gigantesca roca, recuerda a los que se dejaron la vida en aquel lugar de muerte y padecimiento; dedicatoria que ruega que lo que allí se produjo “no se vuelva a repetir”.

Conocidas las generalidades, me sentí obligado a lanzarme a por el detalle y, ya a sabiendas, resultó sencillo encontrar información. No había que buscar en los libros de historia o de arte referidos al monumento –aunque bien es cierto que al final encontré alguno que mencionaba de pasada el dramático episodio–, sino en el testimonio dejado por los vencidos que pudieron abrir la boca al alcanzar la democracia o en los volúmenes que se han escrito recientemente sobre la Guerra Civil.

Entre estos últimos, hallé unas cuantas cifras que me resultaron tan reveladoras como sorprendentes, por su enorme volumen. Entre los viejos muros de San Marcos, que es grande pero tangible, permanecieron encerrados al mismo tiempo 7.000 hombres y 300 mujeres. Las cuotas más elevadas de reclusos y mortalidad se produjeron a finales de 1937, tras la derrota republicana en el Frente Norte. Los prisioneros llegaron entonces en oleadas y no sólo San Marcos quedó abarrotado, sino que hubo que improvisar otros campos de concentración donde almacenar milicianos. De julio de 1936 a finales de 1940 pasaron por San Marcos alrededor de 20.000 detenidos o capturados en los campos de batalla. Buena parte de los 3.000 prisioneros políticos o soldados republicanos ejecutados en la provincia de León, salieron del convento con los pies por delante o fueron arrancados de sus jergones para ser a continuación paseados por las afueras, fusilados en la noche y abandonado su cadáver en un hoyo o cuneta.

Pero, por mal sepan, las cifras son cifras, sin cuerpo ni alma. El regusto amargo que tengo en la garganta desde hace horas lo ha producido otro libro; una narración en primera persona que creo no voy a olvidar en la vida.

Victoriano Crémer

Este volumen, impreso en 1981 por la editorial leonesa Nebrija, se llama ‘El libro de San Marcos’ y he leído sus 236 páginas de un tirón, con el corazón en vilo. Lo escribió Victoriano Crémer, leonés, ganador del Premio Nacional de Poesía  (1964), Doctor Honoris Causa por la Universidad de León (1991) y Medalla al Mérito del Trabajo, en 2007. Crémer falleció en 2009 a los 102 años de edad, dejando un importante legado de poemas, historias inventadas y esta suerte de autoexorcismo, sobre el terrible tiempo que pasó en San Marcos, a donde fue conducido el 25 de julio nada más estallar la Guerra Civil, y de donde no salió hasta al año siguiente, tras vivir en sus carnes el lado más oscuro y siniestro de la naturaleza humana.

El relato auténtico de Crémer me ha mostrado con pelos y señales que en el campo de concentración de San Marcos se malvivía tan penosamente como en esas películas sobre los campos de exterminio que los nazis implantaron en Europa, con la única salvedad de los hornos crematorios. Entonces todavía no se habían inventado, pero el resto –torturas, ejecuciones sin motivo, insalubridad, terror sin tregua–, era igual de salvaje e intenso.

‘El libro de San Marcos’, sin embargo, te encoje el alma mucho más que las escenas más terribles rodadas por Spielberg en ‘La lista de Schindler’, por Benigni en ‘La vida es bella’ o cualquier otra. En el cine, ves el sufrimiento, los castigos, pero no llegas a atisbar el terror psicológico que implica esconderse diariamente de la muerte… Por el contrario, la pluma de un hombre acostumbrado a traducir sus sentimientos a palabras con la precisión de un cirujano, un poeta con mayúsculas como Victoriano Crémer, es capaz de atravesar tres cuartos de siglo y agarrarte el corazón en un santiamén.

Así me siento yo tras leer esta mañana su penosa biografía de los tiempos oscuros. Qué simple me he descubierto ante su testimonio. Simple y previsible, porque lo primero que he rumiado al cerrar el libro es un tópico manido. Ese que dice que cómo podemos quejarnos hoy de cualquier cosa, cuando la vida que llevamos es un páramo de quietud frente a los avatares que vivieron gentes como Victoriano o que padecen hoy los habitantes de países enfrentados como Libia, Irak o cualquier otra tierra enquistada de gobernantes sin escrúpulos, masas enfervorizadas y futuro trémulo.

Crémer escribe: “Los millares de hombres encerrados solamente nos manteníamos en vida sostenidos por un finísimo hilo traidor, sin querer admitir que, en resumidas cuentas, vivíamos para morir de mala manera o si se prefiere, moríamos de asco, de golpes, de hambres, solamente por vivir, por sobrevivir… Quien no haya muerto alguna vez no sabe la enorme presión interior que el hombre es capaz de soportar. No estalla, porque lo que envuelve al ser humano son corazas superpuestas… Para llegar a la sangre hay que cavar hondo… Nosotros sabíamos lo que era morir de noche, porque nuestros guardianes jugaban a matarnos con fingimientos espectaculares. Nos fusilaban de mentira contra los tapiales del patio. De esas pruebas volvíamos a las celdas muertos”.

Las palabras de Crémer hieren como espinas. Imagina cómo le dolían a él. Y estas arriba seleccionadas no son, ni mucho menos, las de mayor contundencia. El estremecedor relato del poeta no sólo incluye falsos fusilamientos, donde los presos nunca sospecharon que volverían a abrir los párpados tras el estruendo provocado por las balas de fogueo y las risas de los carceleros (un recluso anciano incluso murió del susto), sino que descubre un catálogo de atrocidades de imposible digestión a corto plazo, con realismo crudo y contundencia periodística. El lenguaje poético lo reserva para sus pensamientos, que alterna con la patética descripción de los hechos, para arrojar sobre la conciencia del lector el miedo atroz, el pánico interminable que vive el preso de San Marcos, al que la muerte parece aguardar tras cada esquina, en cada minuto.

Nada más atravesar la portada de San Marcos tras su detención, esa que está coronada por una talla de piedra de Santiago Matamoros combatiendo a los infieles en la legendaria batalla de Clavijo, Victoriano, un joven atraído por el sindicalismo, que no había ocupado cargo alguno en las organizaciones obreras, fue arrojado a un establo inmundo, ocupado horas antes por equinos, como ponían de manifiesto la sucia paja esparcida por el suelo y las montañas de excrementos.

Como al resto de presos y presas, le raparon la cabeza, le molieron a palos por el motivo más peregrino y le torturaron para que confesara militancias inexistentes. Y como los perros, recibía una única e ínfima ración al día. Un triste rancho de mondas de patatas. Yacía en el suelo de cemento, junto a un centenar de compañeros hacinados en una estancia diminuta, donde había que coordinarse con el vecino si uno quería darse la vuelta en mitad del sueño. Por la mañana, disponían de diez minutos para asearse en el antiguo abrevadero de caballos, una fuente circular que ocupaba el centro del patio, y beber agua hasta que les salía por las orejas. En ese mismo fragmento de tiempo podían visitar la letrina y hacer sus necesidades. Y al menor retraso, ristra de palos. Algunos estaban tan débiles y enfermos que caían muertos allí, sobre la mierda. A uno que era alcalde de un pueblo lo lapidaron en el patio, a otro le cortaron una oreja de un machetazo y a un tercero, cuya mujer también estaba presa en el convento, le obligaron a acostarse con ella en las duchas, ante la mirada y las vejaciones crueles de los guardianes. Y tantos y tantos otros, que murieron de una paliza o que fueron sacados de la celda, para nunca más regresar…

Cuatro párrafos más arriba he reproducido un fragmento literal de una de sus reflexiones y no me atrevo a traer aquí más descripciones, para no transmitir a nadie el malestar que me ha dejado esta lectura. Pero, en resumen, el libro de Victoriano Crémer es una odisea del miedo, en la que el hombre ya no es hombre sino despojo, montaña de pellejo y huesos, al que sólo el instinto de supervivencia, el mismo de los animales, empuja un día más, y otro, y otro, hasta alcanzar la libertad o la muerte.

El libro también me ha revelado la sorprendente capacidad que las personas tenemos para recuperarnos del dolor y el sufrimiento. Si durante el cautiverio o semanas después, cuando aún se restablecía de sus lacerantes heridas o de la desnutrición, alguien le hubiese dicho a Crémer que iba a vivir hasta superar los 100 años, se habría reído en su cara o, tal vez, se habría echado a llorar de pena, compungido por los brotes de vida que le habían segado durante la penosa experiencia.

Tras leer el testimonio de Crémer, la Guerra Civil ya no se me antoja distante, sino aún más siniestra y oscura de lo que sospechaba. Era plenamente consciente de las ejecuciones, de los fusilamientos que se organizaron a ambos lados de la frontera del frente. Pero no había alcanzado a imaginar el sufrimiento brutal y prolongado que vivieron los prisioneros en los campos de concentración.

Siento gratitud hacia el familiar de Crémer que me ha prestado el libro y que ahora trabaja en el mismo San Marcos, atendiendo a los viajeros que allí se alojan, en el mismo lugar donde su querido tío abuelo vivió la tragedia en toda su magnitud.

También entiendo la necesidad de vomitar la pesadilla que tiene el poeta, al igual que comprendo la de otros de guardársela en las entrañas. Si la lectura hubiese sido tres años antes, habría tratado de visitar a Crémer, durante una de sus pausas para dejar reposar la máquina de escribir, pues su artículo del Diario de León se siguió publicando incluso unos días después de muerto. Entonces, le habría dicho: “Querido maestro, que sepan los torturados, ya sean de un bando o de otro, que gente como yo, que nada vio ni padeció, también puede sufrir por ellos, aunque sea a toro pasado. Hemos aprendido la lección de vuestro testimonio; aborreceremos cualquier atisbo de extremismo”. Luego me despediría dándole las gracias por revivir las dentelladas del horror para legarnos sus recuerdos, y le dejaría en paz, si es que alguna vez la pudo recuperar.

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Acerca de Xescu Prats

Ibiza, 1973. Periodista, escritor y fotógrafo. Amante del arte, la fotografía, el cine, la literatura, el vino, la gastronomía, los viajes...
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32 respuestas a San Marcos: Memoria del horror

  1. Rosa dijo:

    Uns borrons com a cigrons…

  2. Naty dijo:

    Es compren molt bé el canvi de terç,”sirva o no de precedente”, i s’agraeix aquest colp de realitat. Això també suscita el debat de si realment s’ha d’enterrar el passat o no.., perquè, amb tota la nostra ignorància, som conscients de que sóm fills i hereus indirectes d’aquest legat? No deixaré de llegir a Victoriano. Saluts

    • Xescu Prats dijo:

      Hola Naty. Jo pens que mai s’ha d’enterrar el passat, perque l’home es l’unic animal que entrepossa dos vegades amb la mateixa pedra i mes val coneixer de lo que som capaços… Una abraçada.

  3. Dessiré Ruiz dijo:

    Nada sacude tanto el alma como compartir el sufrimiento ajeno… Brillante Xescu!

    • Xescu Prats dijo:

      Hola Desi. Es una historia tremenda, que parece incríble que haya ocurrido de verdad, y que hace que te preguntes que si volviera a ocurrir la gente de nuestra generación también de convertiría en bestias…

  4. leonés dijo:

    Leí ese libro cuando era joven, lo tenemos en casa en León. Me parece espantoso todo aquello, como el ambiente de una pequeña ciudad de provincias en la democracia de la república pudo llegar a terminar en ese julio del 36. Habrás leído los detalles sobre aquel odio increíble, personas incendiadas vivas, el lapidamiento del alcalde de Valderas que había repartido tierras a los campesinos. Pediría a todo el mundo que intente apagar el odio, tanto odio gratuito se ve hoy en día, no sé a cuento de que estos admiradores de verdugos odian así.

    • Xescu Prats dijo:

      Las guerras sacan lo peor de la naturaleza humana. Ese libro, sin embargo, también revela lo contrario: la forma en que unos presos apoyaban a otros, la valentía que en ocasiones mostraban… Es, sin duda, un libro escrito con las tripas que refleja unos tiempos horribles… Como dice el monumento dedicado a los presos de San Marcos situado en la zona del Museo de León, “hay que recordar estos hechos para que no se repitan”…

      • leonés dijo:

        No estoy de acuerdo en eso de la valentía, ninguno somos valientes. El señor Crémer dio muestra de ello, inmediatamente tras salir de la cárcel comenzó a escribir como periodista en el diario Proa.

      • Xescu Prats dijo:

        Cuando hablo de valentía, me refiero a la forma en que tuvieron de afrontar su encierro algunos de los personajes que aparecen en el libro, capaces de empujar a sus compañeros a aguantar un día más, y otro, y otro. Crémer, básicamente, toma en el libro el papel del observador…

  5. Paula dijo:

    Hola Xescu:

    Aunque ya hace un año de esta publicación, quisiera decir que he leído lo que has escrito con mucha atención, de casualidad, después de haber estado buscando información acerca de ese gran libro que será el de Crémer.

    Llegué estos días de León dónde estuve de paso (soy gallega) y he visitado San Marcos. Allí mismo, en el claustro, leí sobre Victoriano y la descripción que hacía de su horrible vivencia, me conmocionó de tal forma que pretendía comprarme el libro… Pero una vez leído alguno de los contenidos que tu mencionas, se me quitan las ganas porque no sé si podré ‘digerir’ tales atrocidades.

    Siempre me ha interesado conocer las profundidades del alma humana por que no acabo de creer hasta que punto puede llegar a ser tan terriblemente cruel y por otro lado, el límite del sufrimiento, si es que existe…

    • Xescu Prats dijo:

      Hola Paula:
      Me alegro de que pasaras por el claustro de San Marcos y leyeras esa placa, que yo mismo escribí cuando trabaja para Paradores de Turismo. Por desgracia, los nuevos gestores de esta empresa pública han decidido clausurar varios proyectos como el de la musealización de Paradores. Pero eso es otra historia…
      Efectivamente, el libro de Crémer, que yo me leí de cabo a rabo, resulta durísimo en algunos pasajes, pero también enternecedor y optimista, cuando te va revelando cómo funcionaba la solidaridad entre los presos, cómo, pese a la lamentable situación, se ayudaban unos a otros… Es un libro que me ha impactado mucho y al que llegué de casualidad, cuando investigaba la historia del Parador. ¿Sabes que en los libros de historia se pasa por encima de su papel de campo de concentración durante la Guerra Civil? Sólo las obras específicas de este periodo negro de nuestra historia hacen alusión al tema… Te aconsejo que lo leas.
      Respecto a los límites del sufrimiento humano, creo que la frontera radica en tener ganas de vivir. Mientras éstas se conservan, el hombre mantiene el aliento. Creo que nunca ha leído nada al respecto tan fuerte como lo que escribe Crémer: “Quien no haya ‘muerto’ alguna vez no sabe la enorme presión interior que el hombre es capaz de soportar. No estalla, porque lo que envuelve al ser humano son corazas superpuestas… Para llegar a la sangre hay que cavar hondo…”
      Un abrazo y gracias por comentar el post.

      • Paula dijo:

        Hola de nuevo… Finalmente me has convencido y creo que voy a leer ese libro.

        Verás, en realidad me muero (un decir…) de ganas de leerlo, por que parece que el autor ha escrito su historia con su propia sangre y algo así, creo que es difícil de encontrar.

        Y respecto al sufrimiento humano, yo no pienso que sean las ganas de vivir… Supongo que cuando lo estás pasando tan mal y eres tratado como una escoria, ya te dará igual vivir que morir. Más bien tiendo a creer que tiene que ver con una inmensa e inagotable fuerza interior que todos escondemos en las profundidades de nuestro ser y que hasta que no nos hallamos en una horrible situación, no sale realmente a relucir…
        Soy un poco atrevida y digo esto desde mis 34 años, sin haberme visto en algo tan aterrador y espantoso como lo que han vivido aquellas personas.

        ¡Gracias por responder!

  6. Buscaba informació sobre el meu avi i he descobert que un dels dos camps de concentració en els qu va estar va ser aquest. Ara entenc perque mai me’n va voler parla.

    • Xescu Prats dijo:

      Segur que ell no tenía ganes de fer memoria d’uns tempsos que segur l’hi deixaren una ferida molt fonda…

      • javier dijo:

        Esos carceleros (parece ser que en su mayoria eran falangistas) eran tan crueles con los presos, que las noches que habia saca (fusilamientos), bastantes horas antes de sacarlos, hacian correr entre los detenidos la lista pero solo con el nombre , sin los apellidos, para provocar asi el terror entre todos los que tenian nombres identicos a quienes ya de madrugada i en medio de un ambiente de pánico generalizado, dentificaban completamente para cargarlos en los camiones. Por lo que se, noches enteras de terror de impotencia de locura y de efectos fisicos y psiquicos indescriptibles. Los del otro bando a carcajada limpia. Una abracada.

      • Xescu Prats dijo:

        Torturaban por pasatiempo. En el libro de Crémer hay multitud de ejemplos, a cual más dramático… Un abrazo

      • José Quintana LLorá dijo:

        Cada mañana al levantarse les hacian pasar por una habitacion donde habian los fallecidos del dia anterior (por causas ajenas a un arma de fuego), y les decian, mañana habran encima de estas mesas algunos de vosotros.
        Mi abuelo fue una vez al “dispensario” y le recetaron “sal de Madrid” que es un purgante para animales.
        Mi abuelo sobrevivió a esta barbarie.
        Me contó algunos episodios de su vida alli dentro que jamas olvidaré

      • Xescu Prats dijo:

        Hola José: Gracias por tus comentarios… aquello tuvo que ser tremendo y sólo puedo pensar en que, pese a que las cosas están difíciles hoy en día, a ninguno nos ha tocado sufrir una situación ni remotamente cercana a aquello. Respecto al libro, me parece que está descatalogado, pero seguro que lo puedes encontrar en una buena biblioteca de la zona o en la biblioteca nacional de Madrid. Siento que sea complicado. Un afectuoso saludo

  7. javier dijo:

    Mi padre estubo en esa prisión 11 meses condenado a muerte, despues de la caida de Teruel (prisionero de guerra) y aunque justo sobrevivio, nunca se recupero de las lesiones (timpanos reventados, huesos rotos etc.) que le produjeron las palizas que le dieron. Pesaba 48 Kgs. cuando lo trasladaron a la siguiente prisión, siendo su peso normal 90 Kgs.

    • Xescu Prats dijo:

      Es tremenda la falta de humanidad que se produjo entre los carceleros de San Marcos. Espero que tu padre, viéndoos crecer, pudiera recuperar la ilusión de vivir. Un afectuoso saludo.

  8. Lorena. dijo:

    Hola Xescu,
    mi abuelo estuvo encarcelado en San Marcos… ´
    acabo de encargar el libro por internet, lo leeré y luego iré a ese sitio que mi abuelo describió en una pequeña libreta en la que escribió algún pasaje de su vida.
    Gracias por escribir en este blog y sobre este asunto.

  9. José Quintana LLorá dijo:

    Xescu,
    Muchas gracias por este articulo.
    Mi abuelo paterno estuvo alli alojado por Franco desde 1937 hasta 1940, mientras mi padre con 7 años y mis 2 tias tenian 5 y 3 años) que ser sacadas adelante por mi abuela como podia.
    He oido de boca de mi abuelo infinidad de historias padecidas durante su cautiverio.
    Historias horrorosas de maltrato y vejaciones, indignas de seres humanos.
    Historias como esta no deben repetirse jamás.
    Estoy intentando adquirir el libro recientemente publicado pero no logro dar con la editorial.

  10. jose dijo:

    Hola …!!! Me tiemblan tanto los dedos de las manos…. Me están cayendo lágrimas de mis ojos después de leerte, así como los comentarios en tu blog. !!! No sé si llegaré a explicarme bien y con serenidad….!!! UFFFFF….!!. Mis padres (padre y madre) también estuvieron ahí encarcelados entre los años 1936 a 1940 más o menos. Eran totalmente analfabetos,no sabían ni leer ni escribir. Mis padres nunca fueron capaces de contarnos nada de lo que allí pasaron.SALIERON DE ALLI CON TANTO PAVOR,MIEDO,……También hicieron el recorrido por varias cárceles de este Pais. Tuve también a varios miembros de la familia que entre ellos no se llegaban e ver, sólo saliendo de un consejo de guerra celebrado en la Bañeza que por la misma carretera se cruzarion. A mi madre le robaron a un hijo, primogénito,que una monja se lo quito del brazo y nunca más lo volvió a ver…. Tengo 70 años + y también tengo que decir que, aunque mi madre estuvo allí presa, no consta como tal en ningún documento, según fuentes de la fiscalía de Leon. Tengo nombre y apellidos de mis padres,tíos…. . Qué triste !!!! Yo sé lo que es morirse en vida,aunque parezca una contradicion. Un saludo

    • Xescu Prats dijo:

      Hola José. Hay veces que uno escribe sin pensar que las palabras provocan reacciones y sentimientos tan intensos. Por un lado, me arrepiento de haceros revivir esos recuerdos a tantas personas, pero por otro, pienso que es esencial mantener viva la memoria del horror para que siempre seamos conscientes de hasta dónde somos capaces de llegar. Gracias por escribir y compartir tus recuerdos.

  11. Claudia dijo:

    Hola Quisiera compartir. con las personas que de algun u otra forma .Al leer tantos y tantas atrocidades que se cometieron en su tiemp.
    El alma se te encoje, y tratar de enteteder el sufrimiento . Que todas esas personas. Sintieron.
    como se llega a hacer tanto daño y causar tanto dolor.
    Gracias por comartir con todos tus escritos

    Gracias por escribir

  12. javier dijo:

    El libro de Crémer, se encuentra por internet, yo lo acabo de comprar “usado” y se ha publicado recientemente otro sobre el mismo tema, con una lista de 8000 penados en San Marcos que se llama “San Marcos campo de concentración desconocido” de la editorial “lobo sapiens” y que parece muy interesante. Un saludo

  13. Maria Lavin dijo:

    Mi padre estuvo preso en el convento de San Marcos en el 37, cuando estuve en Leon en el año 2012 visite el lugar tratando de imaginar como habria pasado esos tiempos ya que jamas quiso hablar de aquella epoca.Tratare de conseguir el libro.Muy bueno el blog.

  14. Beni Soler Garcia dijo:

    MI abuelo paso tambien una temporada en el San Marcos, y cuando pasábamos en coche hace 50 años mas o menos. ya no me acuerdo por la fachada, nos fijábamos sin comentar nada. que miraba para el otro lado y hacia un comentario sobre SU HOTEL de la posguerra

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