Envidia del caminante

Puerta del Perdón, en la basílica de San Isidoro (León)

Hace unos días tomé esta fotografía en el centro de León. Nos muestra a un peregrino descansando, con los pies descalzos, boina calada, refresco de cola a un lado, espalda recostada sobre voluminosa mochila, teléfono móvil en mano y semblante concentrado, como de quien escucha noticias de alguien cercano de corazón pero lejano en la distancia. A su alrededor, las palomas arrullan impacientes, esperando que les caiga algo. El caminante parece de mediana edad, aunque bien cuidado, con pinta de extranjero, de provenir de un norte remoto. Y aunque está sentado, se intuye que es alto y fuerte, de mente y de espíritu; alguien incapaz de quedar atrapado por la melancolía, incluso en un viaje sentimental como éste.

Pero todo eso ya mucho especular. En cualquier caso, el transeúnte, tumbado al sol del invierno leonés, con ese largo camino por delante hasta Compostela, me hizo sentir envidia sana y, por primera vez, tuve claro algo sobre lo que llevaba barruntando inconscientemente desde hacía meses: algún día, aunque sea dentro de muchos años, yo también debo cruzar el camino de estrellas.

De su aire despreocupado puede deducirse que ya lleva bastantes jornadas enfilando hacia Santiago y sospecho que desconoce la intensa simbología del lugar donde ha aparcado sus posaderas. Aunque tal vez ha leído guías, se ha documentado bien antes de partir, ha reflexionado acerca de la etapa siguiente en las noches de albergue o incluso tiene por costumbre compartir información con los otros caminantes.

Detalle de la portada, con las cabezas del perro (izquierda) y el león (derecha) y el tímpano, con las escenas del descenso de la cruz (centro), el hallazgo del sepulcro vacío (derecha) y el ascenso a los cielos (izquierda)

El caso es que el viajero se halla recostado en el umbral de la Puerta del Perdón de la basílica leonesa de San Isidoro. Esta portada, románica del siglo XII, está consagrada al peregrino y, al igual que el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago, sólo puede ser cruzada en año jacobeo. Sobre la cabeza de nuestro caminante, los custodios de esta entrada: un perro, a la izquierda, y un león, a la derecha, que sostienen un tímpano precioso. Muestra tres escenas en una sola pieza, destinadas a instruir al peregrino. Al parecer, fueron talladas por el maestro Esteban. En el centro, el descendimiento de la cruz; a la derecha, el sepulcro vacío después de la resurrección, y a la izquierda, la ascensión a los cielos de Jesús. Flanqueando la puerta, San Pedro (derecha) y San Pablo (izquierda).

Durante siglos, miles de peregrinos han atravesado esta abertura de piedra y han contemplado su mensaje de muerte y resurrección. De existir esas fuerzas telúricas que desvela Umberto Eco en ‘El péndulo de Foucault’ –esos  enclaves de magnetismo intangible donde los antiguos edificaban sus templos–, cada poro de la piel del caminante debe de estar siendo atravesado por haces invisibles de energía intensa.

Observando al peregrino, me pregunto si los motivos que a él le empujan a caminar son los mismos que guiaban a los romeros de la Edad Media, y me acuerdo del aura irreal que envuelve el origen del camino. Según la tradición cristiana, el 25 de julio del año 813 un ermitaño llamado Paio observó unas luces misteriosas en el cielo; un campus stellae que brillaba sobre un bosque cercano, situado justamente donde hoy se yergue la catedral de Santiago, en la Plaza del Obradoiro. El anacoreta reveló su descubrimiento al obispo Teodomiro, quien dictaminó que la luminaria señalaba las tumbas de Santiago El Mayor y de sus discípulos Atanasio y Teodoro. Ambos habrían trasladado el cuerpo del apóstol hasta Galicia, tras ser asesinado por orden de Herodes Agripa. El descubrimiento del supuesto sepulcro inició una tradición de peregrinación que ha perdurado hasta nuestros días y que ha acabado convirtiendo a Santiago de Compostela en capital mística del cristianismo, junto con Roma y Jerusalén.

Entonces, en plena Edad Media, se creía en los milagros con fe ciega y los peregrinos se lanzaron a caminar desde toda Europa, para orar ante la tumba del apóstol. El viaje resultaba mucho más peligroso que ahora. A menudo, eran atacados por salteadores, acuchillados y abandonados a su suerte en las cunetas. Llegaban a los hospitales y albergues con llagas en los pies, muertos de frío, hambrientos, sucios y muchas veces enfermos. Vivían prácticamente de la mendicidad durante los meses e incluso años que duraba la aventura, y no era infrecuente dejarse la vida en el intento. El camino era una suerte de rito iniciático, una búsqueda de uno mismo, un viaje interior y exterior y lo emprendían gentes mayoritariamente ilustradas, empujadas por su devoción.

Hoy, a los peregrinos les sigue impulsando esa búsqueda de uno mismo, esa necesidad de conocerse más profundamente siguiendo un camino místico y antiguo, se tenga la fe que se tenga o no se tenga ninguna. Los peregrinos van ataviados con calzado adecuado, ropa impermeable, cómodas mochilas que guardan todo lo necesario para el viaje, tarjetas de crédito que solucionan ‘mágicamente’ los problemas y teléfono móvil. Y aunque pueda existir una mínima posibilidad de que aparezca un salteador en el camino, el riesgo no es mayor que el que pueda haber en su lugar de origen. Sin embargo, hoy al cuerpo humano le cuesta más sufrir, lo que hace que el viaje siga siendo arduo y difícil, e igual de genuino.

Talla renacentista de Santiago peregrino, realizada por Pedro Francés en el siglo XVI. Se halla en la capilla del Hostal dos Reis Católicos de Santiago de Compostela

Conozco a muchas personas que lo han emprendido y, aunque a muchos les resulta difícil trasladar sus sentimientos a palabras, todos coinciden en que regresan con una sensación especial; un interior renovado. Desconozco si esa mayor conciencia del ‘yo’ con que se regresa, esa espiritualidad concentrada por momentos, perdura en el tiempo y acaba marcando para el resto de la vida. Pero viendo al peregrino reposar ante la Puerta del Perdón, sé que algún día yo me apostaré en el mismo lugar. Entonces, me descalzaré, echaré pan a las palomas y llamaré a mi compañera o a alguno de mis hijos –a alguien que quiera mucho­–, y le contaré que por fin yo ocupo el lugar de la foto. Y hasta es posible que en ese momento, frente a la basílica de San Isidoro, alguien dispare su cámara hacia mí y, al ver la imagen, surja en su interior el deseo irrefrenable de andar el camino.

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Acerca de Xescu Prats

Ibiza, 1973. Periodista, escritor y fotógrafo. Amante del arte, la fotografía, el cine, la literatura, el vino, la gastronomía, los viajes...
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3 respuestas a Envidia del caminante

  1. Anna Garcia dijo:

    Hola;
    Me ha gustado tu post sobre el Camino “desde la barrera”; yo también fui espectadora en el Pórtico de la Gloria y allí mismo prometí que haría el Camino. Al año siguiente llegaba cansada y felíz a ese mismo Pórtico de la Gloria como peregrina y sí, aún sigo sintiendo cierta “envidia” sana cuando veo fotos como ésta.
    Precisamente quería aprovechar para pedirte permiso para publicar esta foto en mi Facebook. Trabajo como Community Manager de Turgalicia para temas culturales, ocio y Camino de Santiago y estoy publicando estos días “Los mandamientos del peregrino”. Hoy toca el cuarto: llamarás a tu padre y a tu madre. Y encontré esta foto que lo ilustra muy bien.
    ¿Me das permiso para publicarla? Por supuesto citaré la fuente, es lo justo.
    Muchas gracias y anímate con el Camino. De verdad, vale la pena.
    Saludos,
    Anna García
    CM Turgalicia

  2. Anna Garcia dijo:

    Muchas gracias.
    Éste es el enlace en donde aparece publicada:
    http://www.facebook.com/profile.php?id=100001736073745
    Seguiré tu blog con interés.
    Un saludo,
    Anna García
    CM Turgalicia

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