Revolución Gin Tonic

Gin Tonic al atardecer, en Cala Tarida (Ibiza)

Algunos placeres irrumpen inesperadamente en nuestra vida en respuesta a cuestiones tan triviales como ¿qué tomo cuando salgo de copas?, y que, sin embargo, acaban tomando una deriva mucho más compleja, intensa y apasionante. Una transformación de semejante calado la estoy viviendo con el Gin Tonic, el combinado habitual de mis limitadas salidas nocturnas (una o dos al año) y ‘postre’ líquido en las más frecuentes cenas con amigos. Ciertamente, el Gin Tonic se ha convertido en un ritual de lo más placentero.

El mejor Gin Tonic es el que me tomo un día soleado de inverno, en una playa de Ibiza, tras una larga sobremesa con los pies enterrados en la arena. El de la foto, del que ya os hablé en el reciente post sobre mi exposición de fotos hace unos días, lo apuré despacio en Cala Tarida, en el chiringuito Ses Eufabies, un atardecer de la pasada primavera en magnífica compañía. Al recordarlo aún me entran escalofríos. Pero, aunque parezca imposible, ese Gin Tonic, cuyo aroma se fundía con el perfume seco del salitre, aún tiene margen de mejora.

Cuando el paisaje y el clima son insuperables, sólo podemos apostar por el producto, y en estos tiempos, descubrir y rebuscar y en bodegas y tiendas ‘gourmet’ constituye toda una experiencia. El Gin Tonic está de moda y las posibilidades que ofrece el mercado son mayúsculas. Tras la revolución del vodka, han irrumpido las ginebras ‘premium’ y su inesperado universo de sabores, aromas y combinaciones. Aunque seáis de costumbres fijas, como lo era yo (más de un lustro fielmente abonado a la Bombay Sapphire), os aconsejo que abandonéis por un momento las socorridas Beefeater, Gordon’s, Tanqueray, Larios… y os dejéis seducir por las nuevas tendencias.

Antes de relataros mis recetas favoritas, reflexionemos mínimamente sobre elaboración y presentación. El Gin Tonic a mí me gusta tomarlo en una copa de balón, de cristal fino y tallo alto; es decir, un recipiente que se aproxime a la copa borgoñesa, aunque de cristal más grueso para evitar sobresaltarnos cada vez que un cubito caiga con demasiada fuerza. Luego le añado hielo en abundancia, sin miedo, toda una montaña, hasta que los cubos alcanzan o incluso rebasan ligeramente la boca del recipiente. Y hielo a ser posible bien sólido; que enfríe sin aguar.

A continuación, hay que echar la medida justa de ginebra, que mejor si hemos conservado en el congelador. Hay botellas que incluyen un tapón que ofrece la medida justa para mezclar con una botella de tónica de cristal. Si no es así, yo utilizo un vaso de chupito más un tercio.

La tónica también es fundamental y representa todo un mundo. A quien le vaya el amargor de la Schweppes, alla él; y de la Nordic sin comentarios, pero, por favor, probar un día la suavidad de la Fever Tree, el toque ácido de la 1724, la burbuja ligera de la Fentimann’s o el ligero dulzor de la Q Tonic, elaborada con auténtica quinina peruana. Todas son distintas, sabrosas y lo suficientemente discretas para dejar que la ginebra se exprese en todo su esplendor. Eso sí, hay que verter la tónica en la copa con extrema suavidad, para no apagar la vivacidad de la burbuja. Incluso podemos apoyarnos en el filo de un cuchillo o en una cuchara, sobre la que situaremos el condimento. Así, el combinado ganará en intensidad.

Un inciso sobre la tónica. Tal vez desconozcáis su origen, que es muy curioso y está estrechamente ligado al del Gin Tonic. Al parecer, según la leyenda, los españoles, en el siglo XVII, descubrieron un árbol cuya corteza, bien molida, aplacaba los síntomas que padecían los febriles enfermos de malaria. Este vegetal, que hoy conocemos como quina, fue bautizado como árbol de la fiebre (de ahí el nombre de la famosa tónica ‘Fever Tree’). A las pocas décadas, el remedio pasó a denominarse “polvo curativo jesuita”, aunque su fama no se propagó hasta el comienzos del siglo XIX, cuando los militares hindúes, que buscaban remedios para prevenir la malaria, mezclaron polvo del árbol de la quina con agua y azúcar, creando la que sería la primera versión de la “Indian Tonic Water”. Como el sabor era extremadamente amargo, le añadieron una pizca de ginebra a la mezcla, originando al mismo tiempo los primeros Gin Tonic, que acabarían convirtiéndose en el combinado por excelencia del Imperio Británico.

Pero volvamos a nuestra preparación, abriendo ahora la mente a la condimentación. El limón es un comodín siempre eficaz, pero no es la única solución. Hay que jugar con los botánicos empleados en la destilación y ser tan atrevidos como coherentes. Conviene recordar que esa ceremonia de exprimir zumo de limón en la copa puede quedar muy aparente, pero aniquila la burbuja de la tónica. Si nos decidimos por el limón u otro cítrico, un pedazo fresco de corteza es lo mejor, a ser posible sin la carne blanca y blanda del interior, que provoca el mismo efecto sobre la tónica que el jugo.

Siguiendo con la revolución Gin Tonic, deciros que entre las marcas más potentes conviven algunos clásicos de primer nivel con destilados de nueva creación, que juegan con combinaciones botánicas más atrevidas. Entre ambas corrientes encontrareis marcas como Bulldog, Junípero, Hendrick’s, Martin Miller’s, Oxley, Seagram’s, Blackwood’s, Gin Nº 3, Beefeater 24, Mare, Magellan o G’Vine. Todas son excelentes y su éxito puntual ya depende del gusto particular que tengamos cada uno. En cualquier caso, ahí van mis tres Gin Tonic favoritos:

G’Vine Nouaison

· G’Vine Nouaison, tónica 1724 y uva: Cuando se aspira el aroma de esta ginebra francesa uno espera una bofetada de alcohol, a tenor de los 45 grados que anuncia su etiqueta transparente. Sin embargo, su recuerdo aromático es tan complejo y suave al de un perfume, en contraste con su sabor, inesperadamente seco. En este último aspecto se diferencia de su prima hermana, G’Vine Floraison. Ambas ginebras se crean con una base del espirituoso de la uva, que se macera con flor de uva y con botánicos como cilantro, raíz de jengibre, bayas de enebro, lima, regaliz o nuez moscada. A mí me gusta acompañarla con tónica 1724, elaborada con quinina recolectada en Argentina, a 1724 metros de altura -en el Camino del Inca, que une este país con México-, así como con agua de la Patagonia, unos toques de mandarina y, sobre todo, cero química. Una tónica que mezcla con ligereza el toque ácido con el dulce y una leve amargura. El Gin Tonic se sirve con tres o cuatro láminas (tipo carpaccio) de uva sin pepitas. Se puede simplificar simplemente partiendo una uva por la mitad, quitándole la pepita y atravesando ambos trozos por un palillo de cóctel, tal y como me enseñó a prepararla mi amigo José. Para mí es la número uno.

Gin Mare

· Gin Mare, Fever Tree y albahaca: Gin Mare es la primera ginebra ‘premium’ de corazón puramente mediterráneo. Supone todo un descubrimiento, ya que se destila con olivas, tomillo, romero y albahaca, entre otros botánicos. Cualquiera de ellos resulta un condimento adecuado. Así, una ramita fresca de romero o tomillo hundida en la copa y asomándose por la boca resultan una presentación muy estética. Sin embargo, para mí, lo ideal es una hoja fresca de albahaca, cuyo aroma inunda la ginebra. Me recuerda a un mojito mucho más puro y limpio. Mezclada con una tónica Fever Tree (que produce una empresa británica con quinos de Ruanda, a cuya corteza añade azúcar de caña, agua mineral, aceite de naranja de Tanzania y ralladura de limón), constituye un Gin Tonic de sabor intenso e inesperado.

Hendrick’s

· Hendrick’s, Q Tonic y pepino: La combinación más clásica de la nueva corriente Gin Tonic sigue constituyendo toda una sorpresa para quien la degusta por primera vez. Esta ginebra es la culpable de que ahora la gente poco informada haya cogido la costumbre de echar una rodaja de pepino al Gin Tonic, incluso cuando suponga estropear el combinado. La Hendrick’s se fabrica en Escocia y lo cierto es que huele y sabe a pepino aunque esté sin condimentar. La razón es que se destila con pepino, además de otros botánicos (cilantro, comino, naranja, limón, rosas de Bulgaria y, obviamente, bayas de enebro, entre otros). Una botella de Q Tonic (marca estadounidense elaborada con quinina peruana que arrasa en los restaurantes gourmet de EE.UU y que en España se vende en tiendas delicatessen) es el complemento ideal, gracias a su perfecto equilibrio entre dulzor y amargor. A mí me gusta acompañarla de una rodaja ancha de pepino (más o menos un centímetro de grosor), aunque conviene sacarla a los pocos minutos, para que no amargue en exceso. El que golpea primero da dos veces y Hendrick’s, con esa estupenda botella negra y achatada que parece salida de una botica, ha sido la marca pionera.

En fin, os recomiendo que probéis las tres variantes (eso sí, en días distintos) y si seguís con más ganas de Gin Tonic, ahí tenéis un blog (www.theginblog.es), que es el más completo que he encontrado en español.

¡Salud!

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Acerca de Xescu Prats

Ibiza, 1973. Periodista, escritor y fotógrafo. Amante del arte, la fotografía, el cine, la literatura, el vino, la gastronomía, los viajes...
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8 respuestas a Revolución Gin Tonic

  1. Dessiré Ruiz dijo:

    Yo no lo habría dicho mejor… Un gin para celebrarlo!!!!

    • Toni dijo:

      Absorbo con gran interés tus doctas recomendaciones sobre este placer compartido! El entorno agradable, imprescindible…

  2. The Gin Blog dijo:

    Mil gracias por la reseña

  3. beatriz kiercheben puerto dijo:

    Y donde puedo tomarme uno de estos maravillosos gin tonics en ibiza ciudad?

  4. Jordi dijo:

    Citando: ” En fin, os recomiendo que probéis las tres variantes (eso sí, en días distintos) ”

    Sobretot si et deixes caure pel Pereira, una cervessa Estrella 9 euros.

    Salut i força al canut !!

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